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lunes, 13 de enero de 2020

EL GUARDIAN DE LOS CIELOS DE YAMATO.

1.  Mazinger está listo para defender a la patria.
La llamada del megáfono resonó potente en todo el ámbito de la base, obligando a Koji Kabuto a abrir los ojos para salir del estado de meditación en que estaba inmerso; se encontraba dentro de un templo, cuyas paredes se encontraban totalmente cubiertas por nutridas hileras de monolitos de aspecto rectangular y condición resplandeciente que representaban a cada de uno de los cientos de jóvenes pilotos que ahora ya eran héroes por el hecho de haber inmolado su vida embistiendo cualquiera de aquellos gigantescos bombarderos cuatrimotores, que el infame general Curtis Le May enviaba a diario sobre las ciudades del archipiélago nipón con el avieso propósito de reducir a cenizas las ciudades y las vidas de los hombres, mujeres y niños que pasaban su existencia dentro de aquellas casas hechas de madera y papel construidas sobre las comarcas de la isla de Honshu.
A Koji no le cabía duda de que aquel hombre de raza caucásica era un verdadero demonio, como también lo eran los tipos que tripulaban esos formidables colosos de metal de morro acristalado y equipado con una docena de ametralladoras defensivas , cuyo fuselaje estaba decorado con los cuerpos de sonrientes y curvilíneas mujeres desnudas, que tenían la misión de arrojar cientos de bombas incendiarias sobre las ciudades y fábricas del Japón, partiendo desde las pistas de aterrizaje de Isley Field, allá en Saipán, antiguo territorio nipón ahora en manos estadounidenses.
De ese modo, tan inhumano y cruel, aquel demoniaco general de aviación pretendía aterrorizar y poner de hinojos al pueblo japonés, para hacerle padecer todos los horrores de la guerra en sus propias carnes, al igual que los soldados del Imperio que tenían la orden de luchar hasta dar su último aliento para desangrar al enemigo que se dedicaba a tomar por asalto las fortalezas insulares del perímetro defensivo concebido por el difunto almirante Yamamoto para proteger a su amado Japón del contraataque enemigo, y que se había ido reduciendo más y más conforme transcurría la guerra.
La situación realmente era desesperada, y ahora las mentes pensantes de la Fuerza Aérea del Ejército Imperial también consideraban que la estrategia de los ataques suicidas, preconizada por el gordo y corpulento almirante Onishi, era el único modo de frenar la abrumadora superioridad bélica del enemigo. Ya no se trataba de ganar la guerra, sino simplemente de prolongar la lucha para demostrarle a los yanquis que sería muy difícil vencer la voluntad de resistir de los soldados del Sol Naciente.
Koji recorrió con la mirada aquellas hileras de monolitos fúnebres, aunque resplandecientes homenajeándolos con su respetuoso silencio, era un hecho que todos esos jóvenes habían muerto para salvaguardar el trono del Tenno, el divino Hirohito, y el sagrado suelo de las islas patrias que, ahora más que nunca, corrían el riesgo de ser holladas por las botas de los soldados estadounidenses.Ellos estaban muertos, sus espíritus se habían dispersado "fragantes por los cielos de Yamato" como había escrito uno de esos valientes antes de estrellar su avión contra un bombardero estadounidense, y a pesar de todo el enemigo seguía oprimiendo con su maligno dogal la vida cotidiana de los japoneses que ahora miraban al cielo como la fuente de todas sus tribulaciones.
En efecto, el Japón estaba casi rodeado, pero no tenía la menor intención de rendirse, pues esto hubiera sido una carga insoportable para el orgullo de la nación. Afortunadamente, la desesperación no había nublado la visión de todas las mentes creativas del Imperio, y hubo quien pensó en una solución menos costosa en vidas humanas más efectiva, que las Fuerzas de Ataque Especiales, no eran la mejor respuesta al problema planteado por la desfavorable coyuntura bélica.
Aquella mente fértil estaba encerrada en el cuerpo de un hombre anciano, pero patriota que había puesto sus conocimientos científicos al servicio de una iniciativa realmente insólita y singular que buscaba demostrar a los estadounidenses que el Japón todavía era capaz de construir un arma más destructiva que todas las bombas incendiarias que los B-29 estaban arrojando sobre el suelo de la metrópoli.
Y precisamente hoy Koji Kabuto, y un grupo de pilotos seleccionados entre los mejores pilotos de caza japoneses que habían sobrevivido a las arduas peripecias de las batallas aéreas sobre las islas y selvas del Pacífico, entrarían en combate para poner a prueba por vez primera las fabulosas armas que conformaban la panoplia bélica del prodigioso robot de combate que el profesor Juzo Kabuto, abuelo de Koji y de su hermano menor Shiro ( que también se preparaba para participar en la acción en una base cercana), había diseñado para salvar al Japón de la ignominia de capitular sin condiciones ante el poderío militar estadounidense.El anciano Juzo no quería que los jóvenes japoneses, entre quienes se contaban sus nietos, continuara sacrificándose con tanta abnegación, aunque sin mayor sentido en aras de una estrategia heroica pero claramente derrotista que los inducía a morir prometiéndoles la eterna condición de héroes en calidad de premio por su proeza.No, los que debían morir eran otros, los asesinos que estaban a los mandos de los B-29, los que llevaban a efecto las directrices de aquel estratega cruel que manejaba los hilos de esa destrucción sistemática que estaban sufriendo las ciudades japonesas por obra de esos enormes aviones que esparcían sus malditas bombas, volando a baja altura para optimizar su puntería, aunque corrieran el riesgo de ser acribillados por los proyectiles que rabiosamente escupía la artillería antiaérea.
Con una discreta genuflexión Koji se despidió de todos aquellos héroes muertos, para encaminarse hacia la salida del templo, dispuesto a acudir al llamado del megáfono, a sumergirse de lleno dentro de aquella terrible realidad con todas las ganas de hacer mucho para revertirla.
De hecho, apenas puso el pie fuera del templo su mirada se encontró con un panorama ciertamente futurista, pues las pistas del aeródromo, anexo al templo, se hallaban ocupadas por unos aviones de caza de morro redondeado, erizado por las antenas de un radar de búsqueda, y cuyo fuselaje recordaba en todo el aspecto de un tiburón, amén de estar sostenido por un tren de aterrizaje triciclo y ser propulsado por un par de los novísimos motores a reacción dispuestos debajo de unas alas ligeramente aflechadas.
Sin duda parecía que se había dado un salto en el tiempo, pues en todo el aeródromo no había el menor rastro de los Kawasaki Ki-45 Toryu, los bimotores de caza nocturna, propulsados a hélice, habituales en el arsenal de aviones del Ejército Imperial, pues aquellos aparatos que contemplaba eran los últimos hijos de la conspicua inventiva de Willy Messerschmitt: los Me-262.
Justo en este instante, los pilotos que ya instalados dentro de las cabinas habían encendido los motores otorgando el hálito de la vida a sus máquinas, entonces los reactores emitieron su rugido y los aviones iniciaron el lento carreteo que precede al despegue. Poco a poco, la escuadrilla entera ascendió a los cielos pues se tenía previsto que estos cazas, de fabricación alemana, pero tripulados por los mejores ases japoneses escoltarían al poderoso robot de combate durante su primera salida de combate.
Era el momento de correr hacia la carlinga del pílder, para ponerlo en vuelo y colocarse en medio de la cabeza del gigantesco robot; esta noche Mazinger cobraría vida y haría conocer algo más que el miedo a los hombres que manejaban aquellas máquinas que tanto sufrimiento estaban causando entre la población no combatiente, pues se sabía enteramente capaz de borrar del cielo la estampa de los bombarderos enemigos.
Koji se metió dentro de la cabina, vestido con un vistoso y futurista traje de vuelo, y accionó los controles que pusieron en marcha las hélices del pilder, entonces éstas empezaron a girar haciendo que la máquina se elevase como un delicado insecto metálico por encima de una piscina de aguas quietas que pronto dejaron de serlo para convertirse en dos caídas de agua que vaciaron el contenido de la misma con suma rapidez.
Pronto, algo empezó a emerger lentamente de la boca del silo que la capa de agua ocultaba, poco a poco la maciza suelta de Mazinger, hecha de japanium y repartida a lo largo de diecisiete metros de altura ascendió majestuosamente como una estatua colosal en medio de la noche, y los reflectores de la base apuntaron a ese lugar para indicar a Koji el lugar exacto donde debía empezar el descenso.
La cabeza de hueca del Mazinger (el dios-demonio del profesor Kabuto) estaba abajo, esperando hacer contacto con el pilder que le otorgaría la vida, Koji maniobró con la precisión que brinda la práctica constante, plegó las alas del pilder y encajo el mismo en la cavidad reservada para él dentro de aquella ciclópea estructura.
La conexión está hecha: ahora Mazinger y Koji se hallan entrelazados, como si fueran partes del mismo cuerpo, y están listos para compartir su destino fuera este glorioso o infausto.Los ojos romboides de Mazinger lanzaron destellos de fuego en la oscuridad, mientras alzaba los puños como un bravo púgil preparado para la pugna; solo después de este alarde Mazinger desplegó sus alas retractiles, y esperó el impulso que le daría la catapulta para impulsarse rumbo a ese oscuro cielo donde lo aguardaba la escolta de reactores que le acompañarían durante su primer ataque contra los bombarderos cuya presencia ya ha sido detectada por los radares amigos.
2- Los B-29 se quiebran sobre el cielo de Nagoya.
Mi nombre es Curtis Emerson Le May, soy el líder del poderoso Vigésimo Mando de Bombardeo, me considero un ganador y quiero ganar esta guerra a toda costa.
Por eso dispuse que los Superfortress fueran eximidos de todo blindaje y protección que limitase su alcance y capacidad de carga para convertirlos en los peones de brega que arrasaran la endeble arquitectura de las urbes donde moran estos seres de ojos rasgados y modos extraños cuyos gobernantes pensaron que podían disputarle a América su predominio sobre las vastedades del Pacífico.
Claro está en que hemos pagado un pequeño precio por nuestra osadía de atacar a baja cota para afinar la precisión de los bombardeos, y algunos B-29 han sido abatidos por la defensa japonesa, pero la cuarta parte de Tokio ardió como una pira funeraria la noche del 10 de marzo.
Y ahora mi deseo es que no solo Tokio se convierta en una hoguera plena, también quiero que los habitantes de Nagoya, Osaka y Kobe conozcan en sus propias carnes el infierno que padecen sus soldados cuando son alcanzados por las lenguas de fuego que escupe un lanzallamas, así sabrán que la guerra es cruel y quizá puedan presionar a su gobierno para que se rinda y haga cesar tantos sufrimientos.
Hoy es 11 de marzo, y es el turno de que Nagoya se vea "tan brillante como cuando sale el sol", según el eufemístico estilo para decir las cosas que usan los locutores de Radio Tokio, pese al éxito de la misión de ayer, los tripulantes tienen miedo de que sus bombarderos poco protegidos sean derribados, para infundirles confianza a todos, y acallar a los que dicen que voy a enviarlos a una muerte segura, he decidido participar en la misión para demostrarles que no deben temer nada.
Voy a bordo del Thumper, un bombardero invicto que esta noche tendrá el honor de ser unos de los primeros en arrojar sus bombas sobre las áreas urbanas de Nagoya, para señalar el objetivo al resto de aviones que conforman la oleada de ataque.
A través del visor Nagoya parece un manto de sombras bordado de luces, el avión ralentiza su marcha y abre las compuertas de su bodega de bombas; todo presagia que allá abajo los incendios florecerán como una primavera ardiente. Hasta el momento no hay el menor rastro de cazas enemigos, lo cual parece un buen augurio para nuestra misión.
En eso el haz de un reflector atrapa con su luz a uno de los bombarderos que vuela delante del Thumper, el avión inicia una maniobra de evasión para salirse del cono luminoso que lo ha puesto en evidencia, pero el reflector lo persigue con tesón y vuelve a moldear su plateada figura en medio de la oscuridad.
Entonces, ocurre algo inaudito, y la imprecisa silueta de un puño (o de algo que se le asemeja) atraviesa de abajo hacia arriba, a una velocidad insospechada, el fuselaje del bombardero partiéndolo literalmente en dos: la estructura tubular del aparato estalla y se desintegra en cuestión de segundos convertido en una ruina ardiente que se precipita velozmente hacia la tierra.
No hay sobrevivientes, ningún tripulante ha tenido tiempo suficiente para saltar en paracaídas, la peor de las muertes los ha alcanzado de súbito, sin advertirles siquiera.
Aquella cosa, o puño o lo que diablos sea, va propulsado por un par de cohetes, lo sé porque puedo distinguir claramente las llamaradas que emiten sus toberas en medio de la noche.El puño continuo su periplo destructor, ahora se dirige contra el morro de un bombardero que ahora está evacuando su mortífera carga sobre Nagoya. El avión se encuentra en su momento más vulnerable y no tiene oportunidad de efectuar ninguna maniobra evasiva; el puño colisiona contra el morro acristalado, y penetra como un ariete en el interior del avión arrasando con todo lo que encuentra de proa a popa, saliendo limpiamente a través de la torreta de cola.
Las alas se desprenden del fuselaje ya deshecho, configurando una especie de uve que rápidamente pierde aquel aspecto de letra, mientras caen inertes hacía abajo, eso sí con los motores funcionando a plena potencia, y las hélices todavía girando como si pudieran seguir propulsando a una máquina que ya no existe.El piloto de otro bombardero de la formación, rompe el riguroso silencio de la radio para informarnos, con voz nerviosa, que ha visto aparecer la cara de una "enorme criatura metálica de aspecto humanoide"
—"Y ahora esa cosa me está mirando con furia, quiere amedrentarme. Sus ojos despiden un relámpago de luz. La temperatura aumenta. Siento calor ¡maldita sea! ¡estoy ardiendo!"Su voz se convierte en un alarido, y la noche vuelve a iluminarse con una nueva explosión.Todo esto me parece inaudito, es como si me dijeran que Superman hubiera cambiado de bando y nos estuviera atacando, pero de sobra sé que el kriptoniano no existe, y que seguramente los japoneses han puesto en el aire algunos aviones a reacción, de esos que según se sabe está desarrollando el Reich alemán.
Es lo único que se me ocurre para explicar qué está diezmando a mis bombarderos, pero lo que está fuera de toda duda es que los japoneses han puesto en vuelo un arma totalmente insólita que va más allá de la imaginación de cualquiera de nuestros proyectistas.Doy la orden de abortar la misión. Hay que regresar a Saipán sanos y salvos.

EL CORSARIO DEL CIELO

1- El "Warspite" parte en busca del enemigo.



Se estaban batiendo a duelo, pero sin pistolas ni padrinos, es más ni siquiera se encontraban en tierra firme como para acatar las reglas de ese tipo de ordalía, lo suyo era un enfrentamiento mental, una pugna pero también un solaz que no precisaba de proyectiles ruidosos para hacer daño, tan sólo bastaba la angustia de preocuparse por la suerte de un minúsculo rey de madera que se movía a través de los escaques de un tablero de mármol, y que precisaba de la concurrencia de otras piezas para defenderse y contratacar. Ahora abriremos un poco la escena para verlos mejor; y notaremos un escritorio macizo, de madera taraceada, sobre cuya superficie destacan dos recientes herramientas de la técnica moderna: un teléfono y una máquina de escribir con una hoja en blanco dispuesta sobre su rodillo , esperando que su propietario vierta al papel las incidencias del día que todavía no concluye , pero también vemos un tablero de ajedrez repleto de figuras combatientes pues hay dos jugadores conduciéndolas hacia su destino. Ambos son de edad madura y barba poblada, llevan el mismo uniforme negro, y cubren sus hombros con vistosos entorchados dorados, sus manos reposan justo a su orilla respectiva del tablero, y solo cobran vida cuando llega el turno de mover una pieza y presionar la perilla del cronómetro de dos esferas que mide la duración de la lucha; ambos juegan en silencio, sin dirigirse la palabra, y el único ruido que producen es el seco sonido de la perilla hundiéndose sobre su base y poniendo en marcha el tiempo del oponente, pero ese gesto es suficiente para indicar que le ponen furia y pasión a la partida, como si estuvieran despojándose del respeto que definía sus relaciones dentro de la jerarquía de la nave volante " Warspite".
Ahora echemos un vistazo sobre la solapa del uniforme que visten los jugadores, y leamos sus nombres primorosamente bordados con letra corrida, de ese modo sabremos quiénes son; se trata de Lord George Summerscale, propietario y comandante en funciones del "Warspite", y de Wilhelm Stiglitz, navegante y segundo al mando de la misma. Summerscale maneja las piezas blancas y Stiglitz las negras.
Stiglitz tiene el rostro preocupado, pues la posición de la partida no le favorece, sus piezas están dispersas por todo el tablero y siente que no tiene tiempo de organizar una buena defensa en torno a su rey, y le parece que el tiempo corre lentamente mientras piensa como salir del atolladero donde se ha metido. Al otro lado del tablero, Summerscale le echa una mirada displicente, pues sabe que la posición de Stiglitz es insostenible, y que sus reflexiones seguramente no le servirán de nada, de pronto decide olvidarse de las cavilaciones de su oponente para concentrar su mirada en el cielo nuboso que se extiende allá afuera, y que puede ver a través del ojo de buey que le sirve como ventanilla a su despacho, todo eso mientras piensa que por más que piense, Stiglitz jamás podrá refutar el agudo gambito inventado por el capitán Evans sobre el tablero.
De pronto, el teléfono empezó a timbrar sacando a Stiglitz de su extrema cavilación. Lord Summerscale extendió su brazo y cogió el auricular para recibir la llamada. Stiglitz movió una pieza y presiono la perilla, echando a andar el tiempo de Lord Summerscale.
— Summerscale al habla, ¿Tiene novedades que reportar míster Hoffmann?—dijo Summerscale mientras presionaba ambas perillas de tal modo que las dos quedaron a la misma altura, en consecuencia el tiempo de los relojes se detuvo en seco.
—Me da gusto escucharlo Lord Almirante—dijo Hoffmann con un tono de voz ceremonioso que trocó en uno menos solemne y más dramático cuando empezó a transmitirle las noticias que tenía— La escuadrilla de reconocimiento del capitán Miller ha regresado de su vuelo de inspección. Hoffmann hizo una pausa que espoleó la curiosidad de Summerscale.
— ¿Y...? por favor terminé de rendir su informe—bramó Summerscale.
—Miller ha encontrado una comarca devastada de un modo ciertamente horrible...
—El continente entero está en guerra, tanto al este como al oeste los hombres se encuentran inmersos en verdaderas masacres que los generales del Imperio y la Entente alientan con diabólico fervor—interrumpió Summerscale.
—Si me deja terminar milord podré ponerlo al tanto del informe de Miller—dijo Hoffmann con sumo tacto porque estaba hablando con el amo de la nave, por así decirlo.
—Por favor, prosiga Hoffmann—replicó Summerscale.
— Cuando aterrizaron, los pilotos de Miller se encontraron varias aldeas arrasadas por entero, casas quemadas, animales domésticos asesinados por doquier, niños y ancianos muertos con la cabeza abierta de un hachazo, y lo peor de todo: mujeres crucificadas y desnudas, con todos los indicios de haber sido violadas antes de padecer aquel primitivo suplicio. Los pocos sobrevivientes que encontramos tenían la lengua cortada, y lógicamente no pudieron decirnos nada.
—Es una descripción bastante gráfica Hoffmann—dijo Summerscale, y tras una pausa de unos segundos añadió—Sospecho que podría tratarse de un señor de la guerra haciendo el trabajo sucio del aliado oriental de la Entente, sus métodos crueles y primitivos lo delatan, es evidente que desea esparcir el terror entre los sencillos aldeanos de esta parte del Imperio. ¿Los pilotos de Miller consiguieron averiguar alguna cosa más?—agregó el Lord Almirante.
—Por supuesto milord, el propio capitán Miller descubrió un tren blindado alejándose, a toda velocidad, hacia el este. La espesa estela de humo que dejaba atrás permitía seguirlo con facilidad, pero le dispararon y tuvo que darse la media vuelta. Otros pilotos informaron haber descubierto huellas de orugas en las inmediaciones de los poblados arrasados, lo cual nos lleva a pensar que quienes cometieron ese crimen se valieron de vehículos dotados de ellas.
Summerscale no dijo nada, y sus ojos le echaron una mirada al tablero donde le estaba esperando la posición de la partida que el telefonema había interrumpido. La ubicación de sus piezas era claramente ganadora, solo era necesario presionar un poco más para demoler la posición que defendía Stiglitz, pero el navegante intuía que el Lord Almirante no pensaba precisamente en acabar aquella partida, era más consecuente suponer que estaría elaborando alguna estrategia que le ayudaría a vencer; hubiera podido apostar que era así pues él también hacia lo mismo, por eso extendió la mano sobre el tablero haciendo el ademán de que pretendía destruir aquella posición que solo presagiaba derrota. Summerscale permaneció sumido en sus reflexiones, y le dejo hacer; de un manotazo Stiglitz arrasó con todo y se dedicó a colocar las piezas en su posición original de salida, como si estuviese dispuesto a jugar una nueva partida contra Summerscale.
— ¿Esta ahí mi Lord?—preguntó Hoffmann un tanto intranquilo.
—Por supuesto, Hoffmann. No pasa nada—repuso Summerscale.
— ¿Qué hacemos?—volvió a inquirir Hoffmann esperando instrucciones.
— Ordene zafarrancho de combate, Hoffmann—dijo Summerscale colgando el auricular.
Stiglitz permanecía sentado, detrás de las piezas negras, elucubrando lo que se debería hacer si la estrategia de Summerscale fallaba, quizá sería necesario recurrir a medidas extremas para acabar con las tropelías de aquellos vándalos; y podía apostar que llegado el caso, Summerscale jamás las tomaría, siendo así sentía que solo él, Wilhelm Stiglitz, era el llamado a buscar la gloria de la nave, aún a costa del máximo sacrificio.
—Herr Stiglitz, jugaremos en otro momento—dijo Summerscale—ahora váyase, y ponga rumbo hacia el este
2- La tierra se enfrenta con el cielo.
Stefan Smigly se atusó el bigote sin manifestó asombro cuando le informaron que una cosa inmensa había salido de entre las nubes , y que se encontraba siguiendo el trazado de la vía férrea por la cual marchaba el tren blindado que obedecía sus órdenes, más bien le dio gusto de que fuera así, pues eso solo significaba que tendría la ocasión de enfrentarse, y tal vez vencer, a uno de esos señores del aire que recorrían los cielos del continente en guerra con total impunidad, sin temer los ataques de las aviaciones beligerantes.
Era cierto que había exterminado a aquellos aldeanos por encargo expreso del pope que manejaba al zar del imperio aliado a la Entente, aquel pope barbudo soñaba con extender la frontera viva del vasto territorio que obedecía la voluntad de su pusilánime zar, pero a Smigly poco le importaba sacrificar aquellas vidas condenadas a la pobreza, lo que en realidad contaba para él era llamar la atención de cualquiera de las naves volantes que estuvieran sobrevolando la frontera en aquel momento, su idea no era otra que probar la eficacia de los nuevos cañones antiaéreos que había hecho montar sobre uno de los vagones de su tren blindado; es decir Smigly soñaba con ser el primer señor de la guerra en abatir a uno de esas naves que se habían mantenido invictas, hasta el momento; aunque si alguien le hubiera preguntado porque confiaba en llevar a buen puerto esa proeza no habría sabido responder con seguridad de donde sacaba tanta confianza, pues nunca un tren blindado había conseguido salir con bien de sus enfrentamientos contra las naves volantes. Así que, por lo menos en teoría, Smigly llevaba las de perder pero a pesar de ello estaba decidido a no eludir el enfrentamiento.
La nave volante, que ofrecía el aspecto de un cohete rechoncho rematado en cuatro grandes aletas colocadas en forma de cruz, y de cuyo centro partían las palas de una enorme hélice que deba impulso a ese coloso cubierto de torretas de artillería, disminuyó su velocidad un poco, cosa que estuvo a punto de producir una crisis de ira en Smigly.
— ¿Qué diablos le pasa al comandante de esa nave? ¿Acaso declina atacarnos porque sabe que disponemos de unos cañones capaces de derribarlo? ¡No me gustaría para nada saber que hay un Judas entre nosotros! —bramó Smigly más para así mismo que para quienes lo rodeaban en ese momento.
Nadie le respondió, sus subordinados sabían bien que el mejor modo de capear aquel temporal era sencillamente dejar que languideciera por sí mismo, además los hechos se encargaron de proveer un nuevo foco de atención, pues la nave enemiga abrió la puerta de su hangar inferior para dejar salir un enjambre de monoplanos de cabina cerrada, propulsados por una hélice instalada a popa, cosa que dejaba la proa libre para la instalación de armas ofensivas.
Los monoplanos abandonaron su nave nodriza y empezaron a descender iniciando una maniobra de ataque contra el tren en marcha. Smigly sonrió para sus adentros, el estratega de la nave volante confiaba en que sus aviones serían lo suficientemente eficaces como para asestar el golpe mortal sin necesidad de que ella misma tuviese que intervenir, la ocasión era perfecta para borrar del cielo aquellas "moscas" que ahora parecían descolgarse del cielo ululando terriblemente como para infundir el miedo entre los sirvientes de las piezas antiaéreas, los cuales tuvieron que abocarse a su trabajo sin hacer caso del aquel horrible sonido que amenazaba con romperles los tímpanos.
Una serie de cañones antiaéreos, emplazadas justo en el medio del tren, entre la locomotora y el vagón donde se montaba la torreta de popa, elevaron sus tubos hacia el cielo en pos de adquirir sus blancos, mientras los monoplanos enemigos entraban en un picado pronunciado y cayeron en arco por toda la longitud de la vía férrea con la intención de maximizar el efecto de su ataque contra aquel blanco en movimiento.
El tren y los aviones abrieron fuego al unísono, los monoplanos dispararon cohetes, los cañones una granizada de proyectiles, el ruido era atronador, el ambiente se llenó de humo, de fragor, de miedo a la muerte como es natural entre hombres de carne y hueso; los dos bandos consiguieron impactos, pero fueron los aviones los que sufrieron el mayor daño, pues varios de ellos acabaron estrellándose en los alrededores de la vía férrea.
— ! Bravo muchachos! ! Les hemos dado una paliza a esas "moscas"!, dijo Smigly estallando en risotadas.
— En realidad, sire, hemos dado y hemos recibido—dijo el oficial al mando de los antiaéreos que habían abatido a varios de los aviones enemigos.
— ¡Quiero un informe de los daños que se han producido! —clamó Smigly mirando con ira al hombre que estaba estropeando ese alarde de triunfalismo que se estaba permitiendo., y agregó—! Recarguen los cañones! ! Es posible que el enemigo mande una nueva oleada de ataque contra nosotros!
—Sire, algo ha pasado, me parece que no enviaran más aviones contra nosotros—dijo el oficial a cargo de los antiaéreos.
— ¿Cómo lo sabes?—respondió Smigly ¿Acaso eres adivino?—añadió sarcástico.
—Compruébelo usted mismo Sire—dijo el oficial cediéndole los prismáticos que le habían servido para hilvanar ese juicio.
Smigly cogió los prismáticos y vio que la nave volante enemiga aceleraba; abandonando su papel secundario en la acción, y asumiendo un rol verdaderamente protagónico pues esa maniobra no podría indicar otra cosa que se aprestaba a atacar el tren con todo el poder de fuego que era capaz de desplegar.
— Tienes razón , no cabe duda de que el tipo que maneja esa nave debe estar loco, pero no importa , lo que cuenta es que no tardará mucho en entrar en el rango de tiro de los nuestros nuevos cañones antiaéreos—dijo Smigly satisfecho del curso que estaban tomando los acontecimientos.
El oficial comprendió que eso significaba que había llegado el momento del bautismo de fuego de aquellos cañones, y se marchó a prepararlos para el disparo; mientras tanto Smigly continuaba observando como las bocas de fuego instaladas a lo largo de la nave volante relampagueaban una y otra vez mientras enviaban una lluvia de munición explosiva contra el tren, esparciendo la muerte y la destrucción por doquier.
Smigly comprendió claramente que la intención de la nave enemiga era embestir el tren en marcha , y que la única manera de evitarlo era ordenar aumentar la velocidad del mismo, para así escapar a la vez de la embestida y del castigo que la artillería enemiga estaba produciendo en el tren bajo su mando.
Un tanto desesperado discó el número de la torreta central, y enlazó con el vagón donde estaban instalados los nuevos cañones.
— ¿Los cañones ya están listos?—preguntó Smigly con una impronta de ansiedad en la voz.
—En este momento los estamos apuntando contra el blanco, Sire—respondió el oficial artillero.
—Estamos en tus manos—dijo Smigly colgando el auricular con violencia.
La nave volante aceleró más y continuó disparando ferozmente contra su presa, confiando en hacerle el máximo daño antes de embestir para saciar su apetito de gloria. Era una carrera entre dos máquinas que buscaban mandarse al infierno mutuamente.
¿Quién vencería? ¿La nave o el tren?
En el último momento, los cañones montados sobre el vagón tronaron, escupiendo una andanada de fuego que hizo pedazos aquella nave, otrora victoriosa, que ansiaba cubrirse de gloria bajo el mando de Herr Wilhelm Stiglitz.

FIN



Bristol en la Batalla de Chulmleigh.

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