Se estaban batiendo a duelo, pero sin pistolas ni padrinos, es más ni siquiera se encontraban en tierra firme como para acatar las reglas de ese tipo de ordalía, lo suyo era un enfrentamiento mental, una pugna pero también un solaz que no precisaba de proyectiles ruidosos para hacer daño, tan sólo bastaba la angustia de preocuparse por la suerte de un minúsculo rey de madera que se movía a través de los escaques de un tablero de mármol, y que precisaba de la concurrencia de otras piezas para defenderse y contratacar. Ahora abriremos un poco la escena para verlos mejor; y notaremos un escritorio macizo, de madera taraceada, sobre cuya superficie destacan dos recientes herramientas de la técnica moderna: un teléfono y una máquina de escribir con una hoja en blanco dispuesta sobre su rodillo , esperando que su propietario vierta al papel las incidencias del día que todavía no concluye , pero también vemos un tablero de ajedrez repleto de figuras combatientes pues hay dos jugadores conduciéndolas hacia su destino. Ambos son de edad madura y barba poblada, llevan el mismo uniforme negro, y cubren sus hombros con vistosos entorchados dorados, sus manos reposan justo a su orilla respectiva del tablero, y solo cobran vida cuando llega el turno de mover una pieza y presionar la perilla del cronómetro de dos esferas que mide la duración de la lucha; ambos juegan en silencio, sin dirigirse la palabra, y el único ruido que producen es el seco sonido de la perilla hundiéndose sobre su base y poniendo en marcha el tiempo del oponente, pero ese gesto es suficiente para indicar que le ponen furia y pasión a la partida, como si estuvieran despojándose del respeto que definía sus relaciones dentro de la jerarquía de la nave volante " Warspite".
Ahora echemos un vistazo sobre la solapa del uniforme que visten los jugadores, y leamos sus nombres primorosamente bordados con letra corrida, de ese modo sabremos quiénes son; se trata de Lord George Summerscale, propietario y comandante en funciones del "Warspite", y de Wilhelm Stiglitz, navegante y segundo al mando de la misma. Summerscale maneja las piezas blancas y Stiglitz las negras.
Stiglitz tiene el rostro preocupado, pues la posición de la partida no le favorece, sus piezas están dispersas por todo el tablero y siente que no tiene tiempo de organizar una buena defensa en torno a su rey, y le parece que el tiempo corre lentamente mientras piensa como salir del atolladero donde se ha metido. Al otro lado del tablero, Summerscale le echa una mirada displicente, pues sabe que la posición de Stiglitz es insostenible, y que sus reflexiones seguramente no le servirán de nada, de pronto decide olvidarse de las cavilaciones de su oponente para concentrar su mirada en el cielo nuboso que se extiende allá afuera, y que puede ver a través del ojo de buey que le sirve como ventanilla a su despacho, todo eso mientras piensa que por más que piense, Stiglitz jamás podrá refutar el agudo gambito inventado por el capitán Evans sobre el tablero.
De pronto, el teléfono empezó a timbrar sacando a Stiglitz de su extrema cavilación. Lord Summerscale extendió su brazo y cogió el auricular para recibir la llamada. Stiglitz movió una pieza y presiono la perilla, echando a andar el tiempo de Lord Summerscale.
— Summerscale al habla, ¿Tiene novedades que reportar míster Hoffmann?—dijo Summerscale mientras presionaba ambas perillas de tal modo que las dos quedaron a la misma altura, en consecuencia el tiempo de los relojes se detuvo en seco.
—Me da gusto escucharlo Lord Almirante—dijo Hoffmann con un tono de voz ceremonioso que trocó en uno menos solemne y más dramático cuando empezó a transmitirle las noticias que tenía— La escuadrilla de reconocimiento del capitán Miller ha regresado de su vuelo de inspección. Hoffmann hizo una pausa que espoleó la curiosidad de Summerscale.
— ¿Y...? por favor terminé de rendir su informe—bramó Summerscale.
—Miller ha encontrado una comarca devastada de un modo ciertamente horrible...
—El continente entero está en guerra, tanto al este como al oeste los hombres se encuentran inmersos en verdaderas masacres que los generales del Imperio y la Entente alientan con diabólico fervor—interrumpió Summerscale.
—Si me deja terminar milord podré ponerlo al tanto del informe de Miller—dijo Hoffmann con sumo tacto porque estaba hablando con el amo de la nave, por así decirlo.
—Por favor, prosiga Hoffmann—replicó Summerscale.
— Cuando aterrizaron, los pilotos de Miller se encontraron varias aldeas arrasadas por entero, casas quemadas, animales domésticos asesinados por doquier, niños y ancianos muertos con la cabeza abierta de un hachazo, y lo peor de todo: mujeres crucificadas y desnudas, con todos los indicios de haber sido violadas antes de padecer aquel primitivo suplicio. Los pocos sobrevivientes que encontramos tenían la lengua cortada, y lógicamente no pudieron decirnos nada.
—Es una descripción bastante gráfica Hoffmann—dijo Summerscale, y tras una pausa de unos segundos añadió—Sospecho que podría tratarse de un señor de la guerra haciendo el trabajo sucio del aliado oriental de la Entente, sus métodos crueles y primitivos lo delatan, es evidente que desea esparcir el terror entre los sencillos aldeanos de esta parte del Imperio. ¿Los pilotos de Miller consiguieron averiguar alguna cosa más?—agregó el Lord Almirante.
—Por supuesto milord, el propio capitán Miller descubrió un tren blindado alejándose, a toda velocidad, hacia el este. La espesa estela de humo que dejaba atrás permitía seguirlo con facilidad, pero le dispararon y tuvo que darse la media vuelta. Otros pilotos informaron haber descubierto huellas de orugas en las inmediaciones de los poblados arrasados, lo cual nos lleva a pensar que quienes cometieron ese crimen se valieron de vehículos dotados de ellas.
Summerscale no dijo nada, y sus ojos le echaron una mirada al tablero donde le estaba esperando la posición de la partida que el telefonema había interrumpido. La ubicación de sus piezas era claramente ganadora, solo era necesario presionar un poco más para demoler la posición que defendía Stiglitz, pero el navegante intuía que el Lord Almirante no pensaba precisamente en acabar aquella partida, era más consecuente suponer que estaría elaborando alguna estrategia que le ayudaría a vencer; hubiera podido apostar que era así pues él también hacia lo mismo, por eso extendió la mano sobre el tablero haciendo el ademán de que pretendía destruir aquella posición que solo presagiaba derrota. Summerscale permaneció sumido en sus reflexiones, y le dejo hacer; de un manotazo Stiglitz arrasó con todo y se dedicó a colocar las piezas en su posición original de salida, como si estuviese dispuesto a jugar una nueva partida contra Summerscale.
— ¿Esta ahí mi Lord?—preguntó Hoffmann un tanto intranquilo.
—Por supuesto, Hoffmann. No pasa nada—repuso Summerscale.
— ¿Qué hacemos?—volvió a inquirir Hoffmann esperando instrucciones.
— Ordene zafarrancho de combate, Hoffmann—dijo Summerscale colgando el auricular.
Stiglitz permanecía sentado, detrás de las piezas negras, elucubrando lo que se debería hacer si la estrategia de Summerscale fallaba, quizá sería necesario recurrir a medidas extremas para acabar con las tropelías de aquellos vándalos; y podía apostar que llegado el caso, Summerscale jamás las tomaría, siendo así sentía que solo él, Wilhelm Stiglitz, era el llamado a buscar la gloria de la nave, aún a costa del máximo sacrificio.
—Herr Stiglitz, jugaremos en otro momento—dijo Summerscale—ahora váyase, y ponga rumbo hacia el este
2- La tierra se enfrenta con el cielo.
Stefan Smigly se atusó el bigote sin manifestó asombro cuando le informaron que una cosa inmensa había salido de entre las nubes , y que se encontraba siguiendo el trazado de la vía férrea por la cual marchaba el tren blindado que obedecía sus órdenes, más bien le dio gusto de que fuera así, pues eso solo significaba que tendría la ocasión de enfrentarse, y tal vez vencer, a uno de esos señores del aire que recorrían los cielos del continente en guerra con total impunidad, sin temer los ataques de las aviaciones beligerantes.
Era cierto que había exterminado a aquellos aldeanos por encargo expreso del pope que manejaba al zar del imperio aliado a la Entente, aquel pope barbudo soñaba con extender la frontera viva del vasto territorio que obedecía la voluntad de su pusilánime zar, pero a Smigly poco le importaba sacrificar aquellas vidas condenadas a la pobreza, lo que en realidad contaba para él era llamar la atención de cualquiera de las naves volantes que estuvieran sobrevolando la frontera en aquel momento, su idea no era otra que probar la eficacia de los nuevos cañones antiaéreos que había hecho montar sobre uno de los vagones de su tren blindado; es decir Smigly soñaba con ser el primer señor de la guerra en abatir a uno de esas naves que se habían mantenido invictas, hasta el momento; aunque si alguien le hubiera preguntado porque confiaba en llevar a buen puerto esa proeza no habría sabido responder con seguridad de donde sacaba tanta confianza, pues nunca un tren blindado había conseguido salir con bien de sus enfrentamientos contra las naves volantes. Así que, por lo menos en teoría, Smigly llevaba las de perder pero a pesar de ello estaba decidido a no eludir el enfrentamiento.
La nave volante, que ofrecía el aspecto de un cohete rechoncho rematado en cuatro grandes aletas colocadas en forma de cruz, y de cuyo centro partían las palas de una enorme hélice que deba impulso a ese coloso cubierto de torretas de artillería, disminuyó su velocidad un poco, cosa que estuvo a punto de producir una crisis de ira en Smigly.
— ¿Qué diablos le pasa al comandante de esa nave? ¿Acaso declina atacarnos porque sabe que disponemos de unos cañones capaces de derribarlo? ¡No me gustaría para nada saber que hay un Judas entre nosotros! —bramó Smigly más para así mismo que para quienes lo rodeaban en ese momento.
Nadie le respondió, sus subordinados sabían bien que el mejor modo de capear aquel temporal era sencillamente dejar que languideciera por sí mismo, además los hechos se encargaron de proveer un nuevo foco de atención, pues la nave enemiga abrió la puerta de su hangar inferior para dejar salir un enjambre de monoplanos de cabina cerrada, propulsados por una hélice instalada a popa, cosa que dejaba la proa libre para la instalación de armas ofensivas.
Los monoplanos abandonaron su nave nodriza y empezaron a descender iniciando una maniobra de ataque contra el tren en marcha. Smigly sonrió para sus adentros, el estratega de la nave volante confiaba en que sus aviones serían lo suficientemente eficaces como para asestar el golpe mortal sin necesidad de que ella misma tuviese que intervenir, la ocasión era perfecta para borrar del cielo aquellas "moscas" que ahora parecían descolgarse del cielo ululando terriblemente como para infundir el miedo entre los sirvientes de las piezas antiaéreas, los cuales tuvieron que abocarse a su trabajo sin hacer caso del aquel horrible sonido que amenazaba con romperles los tímpanos.
Una serie de cañones antiaéreos, emplazadas justo en el medio del tren, entre la locomotora y el vagón donde se montaba la torreta de popa, elevaron sus tubos hacia el cielo en pos de adquirir sus blancos, mientras los monoplanos enemigos entraban en un picado pronunciado y cayeron en arco por toda la longitud de la vía férrea con la intención de maximizar el efecto de su ataque contra aquel blanco en movimiento.
El tren y los aviones abrieron fuego al unísono, los monoplanos dispararon cohetes, los cañones una granizada de proyectiles, el ruido era atronador, el ambiente se llenó de humo, de fragor, de miedo a la muerte como es natural entre hombres de carne y hueso; los dos bandos consiguieron impactos, pero fueron los aviones los que sufrieron el mayor daño, pues varios de ellos acabaron estrellándose en los alrededores de la vía férrea.
— ! Bravo muchachos! ! Les hemos dado una paliza a esas "moscas"!, dijo Smigly estallando en risotadas.
— En realidad, sire, hemos dado y hemos recibido—dijo el oficial al mando de los antiaéreos que habían abatido a varios de los aviones enemigos.
— ¡Quiero un informe de los daños que se han producido! —clamó Smigly mirando con ira al hombre que estaba estropeando ese alarde de triunfalismo que se estaba permitiendo., y agregó—! Recarguen los cañones! ! Es posible que el enemigo mande una nueva oleada de ataque contra nosotros!
—Sire, algo ha pasado, me parece que no enviaran más aviones contra nosotros—dijo el oficial a cargo de los antiaéreos.
— ¿Cómo lo sabes?—respondió Smigly ¿Acaso eres adivino?—añadió sarcástico.
—Compruébelo usted mismo Sire—dijo el oficial cediéndole los prismáticos que le habían servido para hilvanar ese juicio.
Smigly cogió los prismáticos y vio que la nave volante enemiga aceleraba; abandonando su papel secundario en la acción, y asumiendo un rol verdaderamente protagónico pues esa maniobra no podría indicar otra cosa que se aprestaba a atacar el tren con todo el poder de fuego que era capaz de desplegar.
— Tienes razón , no cabe duda de que el tipo que maneja esa nave debe estar loco, pero no importa , lo que cuenta es que no tardará mucho en entrar en el rango de tiro de los nuestros nuevos cañones antiaéreos—dijo Smigly satisfecho del curso que estaban tomando los acontecimientos.
El oficial comprendió que eso significaba que había llegado el momento del bautismo de fuego de aquellos cañones, y se marchó a prepararlos para el disparo; mientras tanto Smigly continuaba observando como las bocas de fuego instaladas a lo largo de la nave volante relampagueaban una y otra vez mientras enviaban una lluvia de munición explosiva contra el tren, esparciendo la muerte y la destrucción por doquier.
Smigly comprendió claramente que la intención de la nave enemiga era embestir el tren en marcha , y que la única manera de evitarlo era ordenar aumentar la velocidad del mismo, para así escapar a la vez de la embestida y del castigo que la artillería enemiga estaba produciendo en el tren bajo su mando.
Un tanto desesperado discó el número de la torreta central, y enlazó con el vagón donde estaban instalados los nuevos cañones.
— ¿Los cañones ya están listos?—preguntó Smigly con una impronta de ansiedad en la voz.
—En este momento los estamos apuntando contra el blanco, Sire—respondió el oficial artillero.
—Estamos en tus manos—dijo Smigly colgando el auricular con violencia.
La nave volante aceleró más y continuó disparando ferozmente contra su presa, confiando en hacerle el máximo daño antes de embestir para saciar su apetito de gloria. Era una carrera entre dos máquinas que buscaban mandarse al infierno mutuamente.
¿Quién vencería? ¿La nave o el tren?
En el último momento, los cañones montados sobre el vagón tronaron, escupiendo una andanada de fuego que hizo pedazos aquella nave, otrora victoriosa, que ansiaba cubrirse de gloria bajo el mando de Herr Wilhelm Stiglitz.
FIN


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