lunes, 20 de enero de 2020

LA CASA DE LAS DOS PUERTAS 2

2. La segunda puerta vuelve a abrirse.
Elsa era consciente de que su sueño de ver su casa pintada de color melón, jamás sería realidad mientras don Artemio, su padre, prefirió el blanco como el color emblemático  de la casa que había hecho construir para vivir junto con su esposa, ya difunta, y su hija todavía soltera. El blanco era un color serio quizá adecuado para el entorno mesocrático donde estaba situada la casa,  pero demasiado triste para el espíritu poético de Elsa, pero su padre era un viejo terco, amante de las tradiciones y enemigo de los cambios vinieran de donde vinieran, y resultaría difícil convencerlo de cambiar de opinión en eso y en otras cosas, así pues la senda para hacer realidad su deseo no pasaba precisamente por la vía de dialogar con su padre, sino más bien por el ejercicio de la coerción.
A la mañana siguiente se levantó muy temprano, y volvió a asumir su rol de vigía muy animada  por el descubrimiento que había hecho algunas horas atrás, esta vez aunque esta vez no se trataba de esperar  el arribo de la noche, era cuestión de enfocar la mirada en el cielo para contemplar cómo los colores del día se desplegaba poco a poco sobre el firmamento, aunque a ella no le interesaba tanto ser testigo de la aparición del sol sobre el horizonte, sino establecer contacto con los posibles habitantes de aquella extraña isla que parecía ser una especie de satélite crepuscular, pues aparecía justo cuando este fenómeno se estaba produciendo.
Hacía un poco de frío, pero Elsa desestimó esa información por completo y acudió a su cita con la isla completamente desabrigada y vistiendo un sencillo camisón de dormir que apenas cubría su desnudez, más bien su atención se hallaba puesta en la inminente aparición de la isla flotante; de algún modo sabía que la vería cuando el sol empezara a inundar la bóveda celeste con la potencia de sus rayos; y en efecto sucedió así: la isla flotante empezó a abrirse paso desde el horizonte hacia la posición que ella ocupaba en uno de los torreones que coronaban su casa, pero avanzaba con tanta lentitud y solemnidad a través del cielo que Elsa estaba en ascuas a causa de la espera, por eso cuando vio que la isla empezaba a acercarse, trepó sobre una de las almenas, y  alzó los brazos hacía el cielo para agitarlos una y otra vez con la intención de llamar la atención de cualquiera de los isleños que escudriñaban los territorios que su ínsula estaba sobrevolando, casi podía sus rostros: esencialmente eran humanos aunque con un aire un tanto caprino debido a los tortuosos cuernos que brotaban de sus cabezas.
La isla casi estaba frente a sus ojos, y podía sentir las miradas que los sátiros le dedicaban a las sinuosas formas de su cuerpo, las cuales se entreveían  a través de la fina tela del camisón que vestía. Elsa se dio cuenta de la admiración que su cuerpo, todavía joven, despertaba entre aquellos seres, pero no le molesto en lo absoluto; lo que importaba era que había logrado despertar su interés, y por ello empezó a menearse ante ellos, a mover la cabeza de aquí para allá dejando que sus largos cabellos castaños cambiaran de lugar a la manera de un péndulo; pero eso no era todo: los sátiros querían más, podía intuir y por ello sus manos empezaron a acariciarse  su propio cuerpo de arriba hacia abajo y viceversa como lo haría su amante si hubiera tenido la fortuna de tener uno, a la par que mandaba una andanada de besos volados rumbo a la isla que ya se estaba alejando, sin duda alguna ningún hombre o sátiro podía resistir aquella exquisita exhibición de lenguaje corporal en ninguna parte de la tierra, y menos aún en Oxtlán.

Los sátiros se juntaron, y parecieron deliberar entre ellos, su conciliábulo fue breve y al parecer decidió pronto pues uno de ellos se precipitó al vacío mientras la isla flotante continuaba su viaje acompañando al sol en su periplo alrededor del planeta. Elsa emitió un grito ante lo que parecía un acto suicida, pero se calmó cuando se dio cuenta de que la criatura desplegaba un par de alas membranosas, semejantes a la de los murciélagos, para sustentarse en el aire mientras efectuaba su descenso; rápidamente bajo de la almena y bajo las escaleras con suma celeridad: era consciente que pronto recibiría una visita, y que ésta no usaría la puerta principal para anunciarse. 

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