lunes, 20 de enero de 2020

LA CASA DE LAS DOS PUERTAS 5


5. El hambre de los seres moleculares.
Aquellas palabras dejaron helado a don Artemio e hizo que mirase para aquí y para allá en pos de ubicarla su fuente en alguna parte , el anciano invirtió unos cuantos segundos haciendo estas pesquisas y cuando comprobó que solo Elsa estaba ahí, su extrañeza se hizo aún mayor ante el hecho aparente de que su hija las hubiera pronunciado.
— Hija mía, no sabía que fueras ventrílocua, y  la verdad no me gusta para nada la broma que me estás haciendo.
—No es ninguna broma viejo estúpido—contestó la voz— y tu hija no es ventrílocua.
— ¡ Elsa, te exijo una explicación!—clamó don Artemio ya bastante asustado.
—No tengo nada que decir al respecto, padre —replicó Elsa 
—¡ No entiendo nada! ¿ acaso me estoy volviendo loco?—se quejó don Artemio hablando más para sí mismo que para el entorno que lo escuchaba.
— En realidad estás más cuerdo de los piensas, vejete—repuso la voz—pero me parece justo no mortificarte con mi invisibilidad. Te concederé la gracia de contemplarme ahora mismo.
Y Jazael emergió de entre los cabellos de Elsa para volver a sentarse sobre su hombro como lo había hecho antes de que don Artemio apareciera, la negrura de su piel contrastaba con la abrumante blancura de la fémina, amén de echarle la mirada más burlona que podía proceder de aquellos ojillos brillantes. A despecho del temor que había sentido antes que el homúnculo se hiciera presente, don Artemio se sintió dominado por un intenso desprecio hacia el hombrecillo desnudo que balanceaba sus pies desnudos sobre el vacío, y le pareció en ese momento que su hija estaba loca por consentir que esa especie de insecto parlante se posara sobre su hombre ¿ Acaso no sentía asco de que esa cosa tuviera contacto con su piel?, la evidente tranquilidad de Elsa indicaba que la criatura no la molestaba en lo absoluto, pero eso no sería óbice para que él, como padre de esta desquiciada mujer, hiciera algo para que esa miserable criatura volviera a la madriguera de dónde había salido.
Por fortuna siempre llevaba consigo una pistola de agua cargada que le gustaba usar para molestar a Elsa cuando esta se olvidaba de atenderlo por pasar demasiado tiempo ante el monitor de una computadora escribiendo todas esas locuras que se le venían a la cabeza; pues bien usaría la pistola para arrojar al homúnculo del hombro de su hija. Un chorro potente y bien dirigido lo conseguiría, se sentía muy seguro de hacer una diana perfecta en medio de aquel cuerpo oscuro.

Pero Jazael se le adelantó, y no lo dejó siquiera esgrimir aquella arma de juguete en la cual don Artemio había puesto sus esperanzas para arrojarlo de la vida de su hija; pues, ante el  asombro tanto de Elsa como de su padre, alzó los brazos y se arrojó al vacío disgregándose en una explosión de moléculas que al caer al piso asumieron el aspecto de unos seres oblongos y oscuros que se desplazaron rápidamente sobre el piso hasta trepar por las ruedas de la silla donde el anciano estaba sentado; en poco tiempo esos diminutos seres oscuros cubrieron por entero aquella figura sedente que empezó a chillar de asco y de terror mientras esa oscuridad viviente  empezaba a envolverla para principiar a devorarlo con avidez ante el júbilo de su hija, la cual sentía que se estaba desquitando de él por todas las cosas que estaba dejando de hacer por dedicarse a cuidarlo, a prepararlo para que tuviera una muerte tranquila en el lecho, aunque para desgracia de don Artemio este no sería su caso.

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