El Innombrable tuvo la impresión de que estaba llegando el momento de rematar a su víctima para nutrirse con la esencia de todos sus miedos, una vez que diera cuenta de Casandra seguiría con su periplo, y se dedicaría a destruir las mentes de los restantes pacientes del doctor Syford.
Era tan simple segar la vida de Casandra, la había sometido a toda una gama de terrores virtuales para preparar aquel cuerpo para su ulterior sacrificio, bastaba con ordenarle al Guerrero de la Espada Sierra que asestara el golpe final con la tremolante espada que sostenían sus manos para finiquitar el sufrimiento de la pintora loca.
Pero el Innombrable quería prolongar el padecimiento de Casandra un poco más, la necesitaba viva para abordar la mente de su víctima por completo, no a través de las artimañas que le habían servido para sembrar la angustia y el caos dentro de ella, sino de un modo distinto, precisaba una perspectiva más completa de aquella vida que estaba a punto de ultimar.
Casandra casi estaba en estado de shock ante la perspectiva de terminar sus días descuartizada de la manera más dolorosa y salvaje por aquella terrorífica espada cuyos dientes chirriaban espantosamente mientras circulaban de alrededor de la hoja una y otra vez, sin solución de continuidad; precisamente aquella condición la hacía que su mente fuese mucho más permeable a toda clase de intrusiones.
El Innombrable estudió la faz estupefacta de Casandra , como buscando la mejor senda para acceder a su mente, aprovechando el desconcierto de la fémina que seguía contemplándolo como si fuese alguna especie de monstruo nacido al Otro Lado del universo.
Entonces la mente de Casandra se abrió como el botón de una flor para la inspección del Innombrable, e irrumpió a través de ella examinando sus recuerdos uno a uno con suma fruición, pues era consciente de que Casandra no estaba en condiciones de bloquear su intrusión de ninguna manera, y que debería dejarle hacer, de ese modo ambos recorrerían la senda del recuerdo, juntos y en la misma dirección aunque para Casandra no fuera precisamente muy grato en compañía de una entidad invasiva.
Los recuerdos se arremolinaron como una multitud apiñada en un espacio demasiado breve en el cual el Innombrable pasaba revista, descartando los que le parecían triviales, intrascendentes, y solo recuperando los que despertaran inquietud en aquella mente cautiva.
Uno a uno los fue poniendo en fila, como si se dispusiera a editarlos para hacer un film con ellas, era arduo organizar el caos pero podía hacerlo, pues el tiempo corría con lentitud para ambos, cual un breve efluvio de eternidad; pero el Innombrable tenía paciencia, y sabía demostrarla.
Y ante el ojo del Innombrable apareció la imagen un hombre de edad en calzoncillos cargando a una fémina totalmente desnuda y mucho menor que él, la chica parecía inconsciente y era objeto de los besos que el viejo le prodigaba cada vez que se detenía, no tanto para recuperar fuerzas, sino para solazarse con la contemplación de aquel cuerpo dormido que pronto haría suyo sobre la cama que era su próximo destino.
El viejo estaba contento, y silbaba una canción de esas que estaban de moda en su juventud, mientras arrojaba el cuerpo inconsciente de Casandra encima de la cama, mientras le acomodaba las piernas de tal modo que le resultara sencillo iniciar el proceso de la penetración; hecho esto se despojó de la prenda que ocultaba su erección, y empezó a acercarse, mientras sus manos propinaban unas suaves bofetadas sobre el rostro de su hija, buscando reanimarla para que así pudiera sentir como su miembro viril ingresaba dentro de ella.
El truco dio resultado y Casandra abrió los ojos viendo la cara de su padre sobre su propia faz. Era un rostro redondo, como la luna llena, casi calvo, y lleno de arrugas, cuyos diminutos ojos contrastaban con las grandes orejas que le sobresalían de los costados de la cabeza, como podrían hacerlo los cuernos de la frente de un demonio.
Entonces ella sintió todo el peso de aquel cuerpo malformado y clamó como una posesa, mientras intentaba apartar de si esa mole de carne anciana que le estaba viniendo encima, pero todo su esfuerzo resultó estéril.
Nadie podría oírla porque estaba a solas con un viejo pervertido y loco, que para más inri era su propio padre.
Y el viejo la acometió una y otra vez hasta correrse dentro de la mujer que lo tenía babeando de deseo desde el momento en que empezó a serlo.
Casandra se sintió sucia y llena de remordimientos, mientras su padre usaba su cuerpo para arribar al éxtasis, su mente se llenó de odio hacia el hombre que acababa de ultrajarla de ese modo, y deseó su muerte.
Una sustancia densa y oscura, parecida al humo empezó a arremolinarse detrás del cuerpo del anciano que continuaba tendido sobre el cuerpo de su hija, entregado al apasionante quehacer de chuparle los pezones, mientras sus manos continuaban acariciándole el vientre y las caderas.
Poco a poco, el humo fue adoptando una forma claramente humanoide a los ojos de Casandra que era la única que podía verlo, el sexo de la criatura resultaba impreciso de determinar, pues se cubría el rostro con una cogulla que solo dejaba al descubierto los ojos. Detrás de su cabeza sobresalía el mango de una espada encajada en un carcaj, invisible para un espectador que estuviera de frente.
Al verlo, Casandra sintió llegada la hora de la venganza, y le hizo una seña con la cabeza para que procediera a desenvainarla.
El ninja obedeció, y desnudó su arma con presteza; el chirriante sonido del metal captó la atención del padre de Casandra, y se dio la media vuelta para indagar qué estaba pasando a sus espaldas.
No pudo averiguar mucho, pues la espada del ninja lo tasajeo sin misericordia, antes de descuartizarlo, y dejarlo reducido a un torso ensangrentado, cuyos miembros yacían desperdigados alrededor del lecho donde Casandra contempló sin pestañear la obra homicida de su ninja protector.
En eso estaba, cuando su madre ingresó al cuarto, y la encontró inmersa en la tarea de apilar, uno encima de otro, las amputadas extremidades de su progenitor, para luego desordenarlas y volver a comenzar de nuevo, como si de un rompecabezas se tratase.
Ante los ojos de su madre, o de cualquiera que la hubiera visto ejecutando esta macabra tarea Casandra habría sido calificada como “loca”, por esa razón estaba donde estaba, ocupando aquella estancia en el sanatorio selenita del doctor Syford.
El Innombrable absorbió el recuerdo, y comprendió, de inmediato, que Casandra escondía una naturaleza dual y peligrosa que podía comprometer el triunfo que estaba a punto de lograr.

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