sábado, 7 de marzo de 2020

LA ULTIMA FUGA DE ALAN

Alan García fue siempre un hombre polémico que destacó tanto por la magnitud de su cultura como por la desmesura de sus decisiones. Acostumbrado a estar siempre bajo el ojo público y a salir airoso de las investigaciones que pretendían meterlo preso, regresó al Perú a fines del año pasado para seguir ofreciendo esa imagen de un hombre que lucha para sacarle lustre a su condición de inocente colaborando con la investigación de los fiscales, pero la orden que le impedía abandonar el Perú fue el principio del jaque mate que los implacables fiscales habían planeado para él.

 No sé si estos actúen pensando en la trascendencia de lo que hacían, pero lo cierto es que la detención del ahora suicida caudillo aprista era algo anhelado por medio Perú desde hace más de un cuarto de siglo, pues como bien dijo Olivera,el tenaz cancerbero del muerto, este representaba la impunidad y le había sacado la vuelta a la justicia merced a la poderosa influencia que había ganado ejerciendo el poder, pues García fue un hombre que se embriago hasta hartarse de las facultades inherentes al cargo que ostentaba: durante décadas se sintió intocable pero el transcurrir de los años y el natural cambio de rostro que esto entraña fue menguando la influencia de este dinosaurio político en este sector del Estado.

 El miércoles ultimo Alan Damián, también llamado Caballo Loco, decidió matarse antes que pasar por la "ignominia" de ir preso y ser vejado en su colosal ego por la publicación de su imponente imagen en la prensa portando ese chaleco donde se lee la palabra DETENIDO escrito en grandes letras amarillas. Alan era incapaz de soportar verse reducido a esa condición pues siempre había estado en la cumbre y le tenía horror a los abismos. Por eso fraguó su salida de la vida con toda la teatralidad de la que fue capaz: luego de que su pedido de asilo en la embajada uruguaya fuera rechazado decidió escribir una carta en la que se proclama víctima de sus enemigos y anticipa que su cadáver sera el mejor desprecio que le hara a sus perseguidores, cinco meses después cuando el fiscal Henry Amenábar fue a detenerlo, se encerró en su cuarto, llamó a su pareja para despedirse, y luego  se atravesó el cráneo con una bala. 

De este modo el Harry Houdini de nuestra política criolla efectuaba su último y mejor escape pues nadie va a encarcelar a un muerto, aunque viéndolo bien el ya era un zombi político al que la fiscalía venía a ultimar con la prisión. Fuera coimero o no, y yo creo que lo fue, este hombre dotado de un orgullo piramidal, a la par de una soberbia galáctica, tenía su mejor kriptonita en los 20 años de cárcel que le esperaban, algo  que su ego no podía soportar. Por todo eso se condenó a muerte a sabiendas que sería más soportable el juicio de los historiadores sobre la dramática decisión de un histrión en la última escena de su propia película que el escarnio de la cárcel.

 Nunca volveremos a tener a alguien tan desquiciado entre la legión de aprovechados que se dedican a medrar con la credulidad de la gente. Odebrecht fue para el suicida lo que los rusos para Hitler, la oprobiosa nemesis que acabó con su desmesurada cabalgada vital. 

( Rubén Mesías Cornejo 20 de abril de de 2019)

NERVIOS

—¡Luces en el cielo!, ¡Veo cientos, millones de luces que se encienden y se apagan allá arriba! , dijo el soldado que estaba a mi lado después de echarle una mirada al firmamento; la noche se había llenado de fuegos de artificio, de mucho bullicio y color como cuando llegaba el momento de celebrar el año nuevo, pero esta vez el cielo no estaba inundado de luces y sonido por esa causa. 
Miré al soldado, que acababa de hablar, y lo compadecí, el pobre estaba tomando las cosas muy a la ligera, como si no se diera cuenta de lo que estaba pasando aquí. Volví mi rostro hacia él y lo regresé a la realidad de una bofetada, mientras le espetaba. 
—! Reacciona, imbécil, no eres un niño! ¡Revisa tu coraza, tus armas y equipo de supervivencia, recuerda que los-que-vienen –de- arriba solo quieren comer tu cerebro! En el acto, el soldado entendió el mensaje, e intentó comportarse como alguien entrenado para combatir, aunque resultaba obvio que era la primera vez que enfrentaba una situación de verdadero peligro. 
Escudriñé el cielo, y vi cómo se sucedían las explosiones, inmensas bolas de humo blanco se formaban en los lugares donde la antiaérea había hecho diana, sin embargo las capsulas continuaban llegando. Algunos de nuestros soldados vitoreaban cuando esto sucedía sin pensar en que los trozos de la cápsula destruida se precipitaban a tierra como una lluvia de cosas arrojadas por la mano de un gigante. Podía divisar, con claridad, como las cápsulas sobrevivientes dejaban una fina estela de humo blanco sobre el firmamento estrellado, mientras descendían: un espectáculo atractivo, pero siniestro, pensé para mis adentros. 
No amonesté a nadie, no quería que esos mozalbetes me vieran como un ogro que se enoja por cualquier cosa, pero les dirigí una mirada sombría y los maldije para mis adentros por su estupidez. ¿Acaso no se daban cuenta que la antiaérea no se daría abasto para acabar con todas las cápsulas que seguía escupiendo aquella estación orbital desde la exosfera? Su esperanza era vana, de todos modos tendrían que luchar contra los seres que surgirían de las cápsulas que la antiaérea no hubiera destruido; sin embargo, ni siquiera yo, estaba preparado para lo que realmente sucedió. 
Fue entonces cuando las explosiones cesaron, y el cielo dejó de brillar como nova a punto de explotar, resultaba evidente que nuestros cañones habían dejado de disparar, pero eso no tenía mucho sentido si tomábamos en cuenta que las cápsulas seguían descendiendo sobre el enorme claro que nos habían encomendado defender. Intuí que algo raro estaba pasando, y le ordené al soldado que operaba la radio que se pusiera en contacto con el oficial que mandaba la antiaérea para saber porque los cañones habían dejado de hacer fuego en toda la línea del frente que estábamos defendiendo. 
Fui obedecido, y el enlace quedó establecido, pregunté pero nada pude saber, nadie estaba al otro lado de la línea, solo escuché sonidos imprecisos que no podía considerar como palabras y muchos ruidos que me era imposible calificar con exactitud, o quizá fuera mejor decir que temía hacerlo. 
Le pasé los auriculares al soldado, y le pedí que identificara lo que había oído, mi subordinado se concentró, escuchó lo que tenía que escuchar, y se arrancó los auriculares de las orejas completamente desconcertado. En su cara se reflejaba el miedo, en sus ojos, en todas sus facciones distorsionadas, mi soldado se había acobardado tanto que tenía ganas de huir. 
Me di cuenta de inmediato, desenfundé mi pistola de rayos y apunté entre sus ojos. Estaba decidido a matarlo para darle un escarmiento a los posibles cobardes que estuvieran bajo mi mando, era mejor que los matara yo mismo antes de que los zombis incrementaran su ejército con los cuerpos de aquellos pusilánimes. 
—¡Cuéntame que has oído carajo!— le dije mientras la pistola cargaba toda la energía necesaria como para hacer estallar su cabeza. El soldado comprendió que mi amenaza no era vana, pude darme cuenta de eso por la expresión de su rostro, no había espacio para la duda, solo le quedaba asirse a la última esperanza de vivir un poco más. 
—Escuché rugidos, feroces rugidos de bestia, y muchos gritos como de gente sucumbiendo o en plena agonía, le juro que no le miento mi coronel. 
Comprendí que decía la verdad, porque a mí también me había parecido lo mismo, solo quería confirmarlo para tomar una decisión y no abortar las órdenes recibidas, sin embargo era conveniente decir algo para que los soldados mantuvieran el ánimo para combatir. 
—Soldados, somos la última línea de defensa entre los-que-vienen-de-arriba y nuestros congéneres! Es nuestro deber acabar con el mayor número de ellos, antes que conviertan a nuestra comarca en una provincia de su horrible imperio, así que cojan sus lanzarrayos y eliminen todo lo que salga de esas cápsulas apenas toquen el suelo. 
Nadie dijo nada, nadie quiso parecer valiente haciendo un discurso, simplemente se prepararon para luchar porque sabían que era mejor hacerlo que acabar convertido en una horrible cosa sin cerebro, ni voluntad. 
—Recuerden, les dije, deben apuntar cráneo de la víctima que elijan, así destruyen el nicho donde se aloja el parásito que controla a esos zombis. No gasten energía en mutilarlos, sus cuerpos pueden regenerar los miembros perdidos en cuestión de minutos. 
Las cápsulas se encontraban cada vez más cerca del suelo, los paracaídas se abrieron para frenar su caída, y mis hombres enfocaron sus visores contra ellos, cientos de puntos 
luminosos incidieron sobre aquellos hongos de tela, antes que el fuego concentrado de los lanzarrayos se cebara en ellos, incendiándolos. 
Los muchachos celebraban su puntería, y eso era bueno porque les daba confianza y ánimo para seguir en la brega, aunque el efecto fuera meramente psicológico pues de nada servía incendiar los paracaídas si las cápsulas conseguían aterrizar, aunque fuera forzadamente, sobre el claro de tierra que mis hombres guarecían. 
Y aquellos fuselajes ovoides fueron aterrizando, como enormes meteoritos venidos del cosmos, claro que no lo hacían de manera ordenada, pero el hecho es que lo estaban haciendo y que el blindaje de sus fuselajes era capaz de resistir el ímpetu de nuestras andanadas. Ordené que un cese al fuego momentáneo, para energizar nuestras armas, mientras tanto aquellos huevos metálicos abrían sus compuertas para dejar salir a sus huéspedes, o al menos eso era lo que esperábamos mis soldados y yo, aunque no fue lo que exactamente ocurrió pues lo que empezó a salir del interior de las cápsulas fue un humo blanco y espeso que fue rápidamente identificado como niebla, la cual continuo esparciéndose a gran velocidad hasta inundar por completo el paraje donde habían aterrizado las cápsulas. En cuestión de minutos, el área de desembarco había quedado convertida en un escenario surrealista, fantasmal, pensado para infundir temor entre quienes lo contemplaran, pero estaba a la vista que no existía nada sobrenatural en el origen de aquella niebla, y no perdí la ocasión de decirlo para evitar que mis soldados se amilanaran. 
—Muy astuto, dije en voz alta sin dirigirme a nadie en especial, utilizan un dispensador de niebla para crear un entorno con visibilidad cero para protegerse de nuestras armas. Pensé un poco, meditando sobre que contramedida aplicar en este caso, y encontré la respuesta casi de inmediato, solo tenía que transmitir la orden a mis subordinados para que estos la llevaran a cabo. 
—¡Revisen la carga de sus lanzarrayos!! Activar equipo de visión infrarroja!,! ! Preparados para disparar!- grité a voz en cuello. 
Al unísono, cientos de rayos delgados como filamentos se hundieron en la niebla en pos de adquirir un blanco, detrás de la espesa pantalla de bruma que protegía a los –que-vienen-de- arriba, los cuales seguramente ya habían salido de sus cápsulas. Si los zombis jugaban sucio, al menos no nos cogerían con los pantalones abajo, estábamos preparados para responder con todo lo que teníamos. 
La bruma continuaba acercándose, hacia nuestras posiciones como una masa compacta y gaseosa que tendía a fluir hacia todas partes contorsionándose caprichosamente mientras se hacía más más prolífica a medida que ganaba terreno. Los inofensivos rayos de adquisición de blancos seguían incrustados en el cuerpo de la bruma, como las banderillas lo están sobre el lomo de un toro, aunque en este caso, el toro, es decir la bruma, no acusaba el efecto de las banderillas para nada. 
Activé vocalmente mi pantalla de mando, y ésta se desplegó ante mí ojo derecho rápidamente; contenía las estadísticas referidas a la adquisición de blancos potenciales, quedé sorprendido al saber que ningún blanco había sido identificado todavía. Mis soldados estaban confundidos, y casi podía decir que ya confiaban para nada en el efecto que podían tener las armas que portaban contra los seres que se escondían dentro de la niebla. 
Conforme nos entreverábamos con la niebla, y ésta imperaba sobre el terreno que ocupábamos, percibíamos como una fuerte pestilencia emanaba de cada jirón de bruma que se metía dentro de nuestras fosas nasales. Ordené a todos los que aún me obedecían que activaran sus máscaras antigás y que procedieran a retirarse. 
La bruma empezó a cubrir a los soldados que habían quedado rezagados , y muchos de ellos dispararon creando pequeñas explosiones luminosas dentro de aquel vapor grisáceo, hacer eso era disparar a ciegas buscando hacer blanco al azar , pero no podía evitarse que lo hicieran, estaban nerviosos y no obedecían ordenes, solo hacían caso de su instinto de conservación, por eso comprendí que arrojaran sus lanzarrayos al suelo y dieran media vuelta para huir, a sabiendas que incurrían en un acto de deserción que podían pagar con su vida si se hubiera producido bajo circunstancias normales, sin embargo yo no pensaba en ajusticiar a nadie por eso, me era difícil convertirme en un juez implacable cuando estaban sintiendo en carne propia el efecto del terror que sentían ante aquel literal zarpazo de la muerte.
En aquel momento, la niebla se abrió y dejó escapar a los zombis camuflados dentro
de ella, avanzaban lentamente, como grandes tortugas, y hubieran sido presa fácil de los lanzarrayos, si estos hubieran estado en manos de robots, y no en las de hombres mermados por el miedo que huían sin saber donde refugiarse. Estaban cubiertos con escafandras fosforescentes, como queriendo disimular la triste condición de sus cuerpos, pero resultaba imposible ocultar sus ojos vidriosos, sus dentaduras imperfectas, sus cabellos diezmados, su fisonomía hermética, conservada gracias a la temperatura del traje; en conjunto la fealdad general de sus rostros desfigurados, era el poderoso foco del cual irradiaba el miedo que corroía el valor de sus antagonistas. Los zombis iban armados con grandes bazucas que a duras penas podían manejar, o al menos eso era lo que esos objetos parecían, desde mi posición. 
De repente, los desertores se detuvieron a mitad de su fuga y se volvieron hacia los zombis que torpemente les seguían, como olvidándose del temor que sentían y quisieran medir sus fuerzas, mano a mano, contra aquellas cosas que seguían avanzando, pero me di cuenta que en realidad no querían luchar, sino que estaban entregándose. Entonces se me ocurrió mentarles la madre a todos esos cobardes, a sabiendas que era lo único que podía hacer por ellos, ya que no merecían siquiera que el capellán, que estaba a mi lado, rogara por sus almas. 
Antes que el capellán pudiera preguntarme porque había soltado tantas groserías al hilo , los zombis hicieron uso de las bazucas que portaban, cierto que lo hicieron torpemente, pero tampoco necesitaban ser expertos en el arte de apuntar cuando el objetivo permanece quieto, como anhelando ser destruido, precisamente eso fue lo que pasó con mis soldados: literalmente sus cuerpos se volvieron incandescentes , del cuello para abajo, durante fracciones de segundo, luego se deshicieron, y lo único que quedó de ellos fueron las cabezas, las cuales cayeron al suelo bruscamente como podrían hacerlo los frutos maduros de un árbol. 
—¡Malditos! ¡Han usado un desintegrador de materia!, un arma proscrita— exclamé casi fuera de mí. 
—¡Es horrible!- dijo el capellán- tapándose los ojos para no ver lo que los zombis estaban haciendo con las cabezas de los desintegrados., pero si el religioso no quería ver nada, los soldados que todavía obedecían mis órdenes no tuvieron esos escrúpulos, y vieron como los zombis se comían los cerebros de esos pobres desgraciados. 
El que parecía comandarlos, levantó su mano, y a continuación los jirones de niebla volvieron a rodear a la tropa de aparecidos que dirigía, pero antes pude darme cuenta que algo empezaba a reverberar en el sitio donde había ocurrido la desintegración, y ese algo se convertía en una cosa fluctuante y transparente que ascendió rápidamente al cielo; la bruma era espesa y compacta de nuevo, casi impenetrable a la visión de los que estaban contemplando su avance lento e inexorable hacia la posición que todavía ocupábamos. 
—Debemos irnos de aquí, coronel, dijo casi a gritos el capellán, aprovechemos que la niebla se mueve con torpeza, y tardara en llegar hasta aquí, pero el religioso no hacía más que expresar el sentir general de todos los que todavía estaban vivos. 
Casi estuve de decir lo mismo, pero mi condicionamiento me impedía demostrar que temía de que mi cerebro terminase devorado por un zombi controlado por un parásito alienígena, además tenía en claro que nuestras armas no servían para nada contra ellos, así que lo único que podíamos hacer era guarecernos en alguna parte para planear una estrategia y contratacar, sin embargo una pregunta rondaba en mi mente ¿existiría un lugar que estuviera a salvo del avance de la niebla? 
Era lícito dudar de eso, cuando ésta brotaba de aquí y de allá, ocultando todo lo visible, como enormes murallas blancas y fosforescentes que fluían a nuestro alrededor sin cesar. 
—Estamos perdidos -gritaron al unísono los soldados cuando vieron como la niebla les había cortado todas las retiradas, convirtiendo el sitio que ocupábamos en una especie de isla rodeada por las aguas de un océano imposible de doblegar. 
Miré hacia el cielo nocturno, mi deseo era contemplar las estrellas por última vez, además era lo único que todavía podía verse desde donde estábamos, apiñados y sin armas, casi 
sentenciados, sin embargo mis ojos se toparon con algo más que el tenue brillo de las estrellas cuando alcé la mirada, no sé si tengo la capacidad para describir adecuadamente lo que vi, pero se me ocurre compararlo con varias decenas de medusas transparentes moviéndose armoniosamente sobre nosotros y que empezaron a descolgarse del cielo hacía los sitios invadidos por la niebla, como solían hacerlo los aviones de una patrulla acrobática en plena maniobra . ¿Sería una visión, o se trataría de algo que estaría sucediendo realmente? 
Le di un codazo al capellán, y con un gesto le indiqué que mirase el cielo, al principio no comprendió lo que deseaba, pero luego se dio cuenta que algo estaba pasando encima de nosotros. Echó un vistazo al cielo y se volvió hacia para decirme medio perplejo. 
—¿Qué cosas son ésas que se están moviendo allá arriba? —me preguntó el sacerdote. 
—No lo sé, padre, pero no creo que vengan a hacernos daño-manifesté esperanzado. 
A última hora, las “medusas” cayeron en picado sobre diversas partes de la niebla, y esta pareció estremecerse como lo haría un organismo viviente que tuviera contacto con la electricidad, al menos esa fue la impresión que me produjo a mi cuando vi lo que estaba pasando, a continuación la niebla se disipó bruscamente, y todos pudimos “ver” como las “medusas” se adherían sobre las escafandras que vestían los zombis, aunque mejor sería decir que vimos como esos enormes trajes blancos se cubrían de un conjunto de pequeñas luces que nuestros ojos tomaban por una estructura semejante al de las medusas, a consecuencia de esto los zombis se desconcertaron, y soltaron los desintegradores abandonando su actitud agresiva pues ahora tenían que salvarse ellos mismos. 
Mis soldados dejaron de tener miedo, su actitud se había trocado en asombro. Habían estado en la cuerda floja y ahora eran espectadores de algo que solo podía caber dentro de la imaginación más descabellada antes de la aparición de las “medusas”. 
Imaginé el pánico que sentirían los parásitos, atrapados en el cráneo de aquellos cadáveres animados, al comprobar que las funciones vitales de los zombis que tripulaban estaban siendo interferidas por acción de las “medusas”. De manera sorprendente, los zombis se fueron desactivando, y cayeron al suelo como sucede con los juguetes cuando se les acaba la energía. 
Todos estábamos contentos, y corrimos alborozados hacia donde yacían las escafandras que antes nos habían aterrorizado, y yo me sentía incapaz de detener el natural afán de desquite que impulsaba a mis soldados a acercarse, sin embargo no pudimos hacerlo. Las “medusas” nos los impidieron, y formaron un cerco con sus cuerpos transparentes, en torno a las víctimas que acababan de hacer, hubo quien pudo evadir el cordón, se acuclilló cerca de un zombi caído e intentó rasgar su traje con su cuchillo de campaña, pero terminó pagando cara su osadía pues su cuerpo acabó reuniéndose con el resto de los caídos. 
Lo ocurrido con aquel infeliz era suficiente aviso para los demás: teníamos que irnos, el terreno, y todo lo que ahí yacía, era propiedad de las “medusas”, y nosotros estorbábamos el rito de victoria que se disponían a hacer; mientras nos íbamos el capellán volvió su cara hacia mí, y me preguntó, señalando el claro que las “medusas” habían convertido en su nicho. 
—Esas extrañas criaturas no son tan inofensivas con los humanos como lo parecían al principio, ¿de dónde vendrán?, ¿serán alienígenas? 
—No creo que lo sean, padre, más bien estoy convencido que esas criaturas tienen un origen terrestre. Recuerde que nuestro planeta es capaz de albergar formas de vida que pueden parecernos fantásticas, pero en este caso las “medusas” no provienen de ningún ecosistema particular, vienen de aquí- dije tocándome la frente varias veces con la palma de mi mano. 
— No entiendo lo que quiere dar a entender—replicó el sacerdote. 
Estallé en carcajadas, y atraje la atención de todos, pues no parecía lógico echarse a reír teniendo en cuenta que teníamos un nuevo problema de seguridad con la presencia de las “medusas” en uno de los sectores que debíamos vigilar, pero no me importó; total solo era una suposición y sin mayores pruebas no lograría convencer a nadie de su veracidad, ni siquiera a un capellán formado para creer en un dios ubicuo e invisible, sin embargo estaba seguro que tenía razón, y que esas “medusas” no eran otra cosa que seres originados a partir de los “estertores mentales”, por así decirlo, de los desgraciados cuyos cerebros habían sido devorados por los zombis, y que se habían hecho justicia a sí mismos dando cuenta de sus asesinos. 
Me calmé, y esperé que se me pasaran las ganas de seguir riéndome, cuando llegara a la base tendría que elaborar un informe sobre lo que había pasado, y aprovecharía ese momento para poner por escrito esta hipótesis, quizá el alto mando considerase tomar en serio el asunto, a fin de cuentas solo me interesaba que se estrujasen el cerebro pensando cómo arrojar a las “medusas” de la zona que habían ocupado. Será divertido ver que nos ordenan hacer contra unos entes engendrados por las mentes de nuestros propios muertos. 

FIN

viernes, 6 de marzo de 2020

EL PARQUE


Era de noche cuando Xandor y yo divisamos el parque, éste lucía triste y desolado tal como lo vimos por primera vez hacía veinte años atrás. Realmente sorprendía la falta de ornato del lugar, y más que un parque parecía un pedazo de selva incrustado entre un montón de casonas y edificios modernos; pero a ambos nos gustaba que fuera así, de ese modo sabíamos que el objetivo de nuestra búsqueda permanecía a salvo de la curiosidad de los vecinos. 
No obstante, como contradiciendo ese olvido, todo el perímetro del parque aparecía 
iluminado por un circuito de postes de luz, nos acercamos sigilosamente a la abandonada caseta de vigilancia, Xandor iba adelante y pateó la puerta de la misma como queriendo sorprender al hipotético guardián que podía estar dentro. La puerta cedió fácilmente, y mi compañero empezó a buscar con verdadero tesón aquello que su memoria le exigía volver a tener entre sus manos. 

Me quedé en los alrededores, montando guardia, pero volví la cabeza cuando escuché los improperios que mi compañero había empezado a proferir en voz alta, entonces advertí como, en un súbito arranque de ira, deshojaba los viejos cuadernos de ocurrencias que había encontrado ahí, esparciendo aquellas hojas amarillentas en torno a la caseta como suelen hacer los recicladores cuando encuentran algo que no les sirve de nada, cuando salió de ahí, tenía las manos en los bolsillos y mucha ira acumulada en la mirada. 
— ¡Las cosas se han complicado! , lo que buscamos no está dentro de esa maldita caseta— me dijo bruscamente— Me siento como un tonto por haberme dejado llevar por un falso recuerdo, todavía mi memoria presenta lagunas, mientras estuvimos internados tuvieron tiempo de implantarnos mucha información falsa. 
Asentí, moviendo la cabeza afirmativamente mientras en mi mente se formaba la imagen de la sala donde los psicólogos humanos habían realizado el infame trabajo de convertirnos en seres como ellos, imponiéndonos estos nombres que no nos corresponden, después de despojarnos de toda la información contenida en nuestras mentes, amén de ponernos en situación de eterna cuarentena. 
— La mía está volviendo poco a poco, sin duda estar de nuevo aquí— exclamé mientras señalaba el parque que se extendía a mi alrededor — me está ayudando a recuperar mi memoria de largo plazo. Justo acabo de recordar qué cosa enterramos — le repliqué—pero todavía no estoy seguro si fue junto a esos árboles que están frente a la caseta que acabas de revisar, o más allá, al otro lado del parque. 
— Algo me dice que tienes razón — dijo Xandor —cerrando los ojos como si estuviera evocando lo que acababa de decirle, buscaremos donde dices. 
—Nos harán falta un par de palas— dije yo. Quizá podamos conseguir alguna dentro de las casas que rodean este parque. 
—No hará falta –replicó Xandor— he visto algunas de esas herramientas dentro de la caseta. Anda y saca un par de ellas. 
Puse manos a la obra de inmediato, y un rato después aparecí con las palanas que necesitamos. Le di una a Xandor mientras me dirigía hacía los árboles dispuesto a empezar a cavar; sin embargo mi compañero permaneció inmóvil, como si hubiera cambiado de idea. 
— ¿Qué te pasa?, ¿por qué no haces lo mismo que yo?— le pregunté un poco extrañado por su conducta. 
— Lo he pensado mejor, y creo que antes es necesario tener una imagen precisa de lo que sucedió acá antes que nos capturasen. Intenta recordar más, por favor. 
Dejé la pala junto a un árbol, y empecé a caminar en torno al parque buscando reconstruir mi memoria, a partir de la imagen de los elementos existentes, pues esencialmente el lugar seguía siendo el mismo, aunque el paso del tiempo había añadido algunas cosas nuevas, como los agujeros que aparecían aquí y allá, a Xandor también le llamó la atención eso, y tanto él como yo nos preguntamos silenciosamente que podían significar aquellos forados excavados en la tierra. La respuesta llegó cuando un individuo de piel grisácea y rostro asustadizo, surgió repentinamente de uno de aquellos agujeros; el tipo, que estaba casi desnudo, ni siquiera se dio cuenta de nuestra presencia, y corrió lo más rápido que pudo hacia el árbol más cercano, se detuvo ante él un momento, y empezó a miccionar. El tipo demoró varios minutos en vaciar su vejiga, y cuando terminó pareció interesarse en lo que había a su alrededor, entonces se acercó al sector del parque donde estábamos nosotros, y que estaba iluminado, la tenue luz que arrojaban aquellas farolas lo atrajeron como una polilla hacia el fuego; en ese momento nos vio, y el miedo se apoderó de él, induciendole a correr hacia el agujero del cual había salido para desaparecer dentro de él. 
—Qué individuo más extraño—dije yo— ¿de dónde vendrá? 
— Tal vez sea uno de los sobrevivientes de alguno de los bombardeos que se realizaron sobre este sector. Recuerda que la consigna era eliminar cualquier indicio de nuestra presencia sobre su propio suelo. 
Cerré los ojos y empecé a rememorar, en la oscuridad brillaba la luz, y se movía con agilidad, ensamblando imágenes dispersas por aquí y por allá hasta conseguir una imagen coherente, un recuerdo recuperado, casi perfecto, cosa que, en parte, me alegraba mucho. 
Xandor tenía razón, éramos demasiado, caímos sobre las ciudades de este mundo como una legión de ángeles expulsados del cielo, para usar una expresión que parece entresacada del libro sagrados que más circula en este planeta; pero no todos lograron aterrizar sobre áreas amplias y relativamente despejadas, algunos tuvieron la mala 
suerte de tocar tierra sobre sectores edificados, lo cual ocasionó no muchas bajas entre los nuestros y la población civil. 
Tuve ganas de decir algo sobre lo que acababa de recordar, pero guardé silencio pues consideré impertinente perturbar la búsqueda con esta triste evocación del pasado, y seguimos con nuestra ronda hasta que, en un momento dado, nos dimos cuenta del enorme cráter que hundía la tierra, justo detrás de los postes de luz, incrustado dentro de aquel agujero aparecía el deteriorado fuselaje de lo que había sido una de las cápsulas de salvamento que nos trajeron a este planeta. 
Xandor corrió hacia el borde del cráter, y por primera en todo el tiempo que teníamos en este parque lo vi alegre. 
—Anda trae las palas, aquí es donde debemos cavar. 
Obedecí, y no tardé mucho en traer lo que me había pedido, cuando volví encontré a Xandor parado frente a ese enorme agujero, con los brazos en jarras y mirando fijamente lo que sobresalía de la cápsula de salvamento que habíamos descubierto, me acerqué para entregarle la pala que le correspondía, él se dio cuenta de mi presencia y extendió su mano para recibirla, entonces se estableció una conexión entre nuestras memorias, y pude recordar el momento justo cuando los misiles de aquel crucero espacial terrícola tocaron nuestra nave en puntos vitales como el sistema de navegación y en el revestimiento térmico que la protegería cuando ingresase en la atmósfera del planeta; por ende, la nave quedó sin gobierno y empezó a hacerse pedazos por obra de la fricción existente en las capas altas de la atmósfera, pero mientras esto estaba sucediendo, los que pudimos abordamos las cápsulas salvavidas les ordenamos vocalmente que procedieran a la eyección, entonces las cápsulas se dispersaron rápidamente hundiéndose en el laberinto de nubes que se veía ahí abajo. 
—Basta de recuerdos— me espetó Xandor—alejándose bruscamente de mí. Tenemos que trabajar. Coge tu pala y ponte a cavar en los bordes del cráter. 
No dije nada, pues era obvio que no tenía sentido seguir recordando aquel episodio, lo que contaba era que dentro de aquella cápsula podríamos encontrar el sensor que nos ayudaría a dar con la base que nuestros congéneres habían montado en este sector del planeta. 
Y empecé a cavar en torno a la cápsula, mientras Xandor hacia lo mismo al otro extremo; ambos trabajamos en silencio, con la mente puesta en nuestro objetivo común, plenamente convencidos de que los terrícolas no se atreverían a molestarnos, pues andaban ocupados haciendo cosas más importantes para ellos que perseguir a dos humanoides desmemoriados. 
Estuvimos haciendo eso, hasta que Xandor me llamó como si tuviera algo importante que decirme, tire la palana a un lado, y acudí a su llamado. 
— ¿Qué cosa pasa?—pregunté anhelante— ¿Has encontrado algo? 
Por toda respuesta, me mostró un objeto cuadrangular y lustroso, parecido a esas cosas que los terrícolas usan para comunicarse entre ellos, al instante mi memoria reconoció el objeto que mi compañero sostenía en su mano. 
— ¡El sensor de posicionamiento!— exclamé— ¡Lo encontraste! 
Mi compañero asintió con la cabeza, pero siguió sin decir nada, realmente no era necesario hacerlo, tan solo comprobar si aquello seguía funcionando bien después de pasar tanto tiempo enterrado; por esa razón, Xandor limpió con la palma de su mano la pantalla de aquel objeto, y esperó un poco. Al rato, la pantalla se iluminó, era una buena señal, pues indicaba la operatividad del equipo recién recuperado. Xandor se concentró tanto en la tarea de buscar la ubicación de nuestra base que me dediqué a mirar el cielo como intentando encontrar entre las constelaciones, alguna que le fuera familiar a mi memoria. 
— ¡Lo tengo!— me dijo, en un tono triunfal, que me sacó de mi contemplación, ¡nuestra base se encuentra más cerca de lo que podríamos creer!— ¡Sígueme!— añadió autoritariamente. 
Xandor estaba más ansioso que yo, y se escabulló entre la espesura como siguiendo el llamado de un instinto despertado súbitamente. Impelido por su ejemplo, lo seguí contagiado de su frenesí, anhelando que nuestra búsqueda terminase. 
La oscuridad era nuestra enemiga, y encendimos las linternas para hallar un camino entre las sombras que ahí prosperaban. Los conos de luz otorgaron sentido a nuestro andar, pero espantaron a los animales que habían hecho su guarida allí, cientos de iguanas desaparecieron como por ensalmo apenas la luz tocó sus arrugadas pieles de reptil, como si ésta tuviera la propiedad de desintegrar los pequeños cuerpos de aquellos seres huidizos. Y aunque sabía que todas estaban a salvo, una parte de mi llegó a creer que realmente habían desaparecido. 
Xandor dio un grito de alegría cuando su linterna descubrió el maltratado monumento que consagraba aquel a la memoria de un coronel que, según se decía, había tenido el valor de dirigir su propio fusilamiento. Claro que eso podía ser una leyenda, pero no era cosa que nos interesaba averiguar en este momento. Lo importante era que habíamos encontrado la mejor referencia de que estábamos cerca de lo que andábamos buscando. 
La linterna de Xandor se enfocó hacia donde parecía mirar la cabeza de aquel busto, puesta sobre un pedestal maltratado por el tiempo, y entonces aquella parte del parque se iluminó súbitamente, como si una poderosa fuente de luz hubiese sido encendida. El brusco resplandor nos cegó momentáneamente, obligándonos a cubrirnos la cara con las manos durante un buen rato. 
No sé cuánto tiempo pasó, ni cuando apartamos las manos de nuestro rostro. Solo recuerdo la risa histérica de Xandor al darse cuenta que la luminiscencia de aquel sector permanecía vigente, estableciendo un claro límite entre el resto del parque y el lugar donde se había asentado la base, pero cuando lo hicimos aquel trozo de prado 
aparecía cubierto por un domo translúcido— sin duda, alguna especie de campo de fuerza— a través de la cual se podía percibir el masivo movimiento de cientos de siluetas inhumanas, que al principio no pude reconocer plenamente. 
Eso despertó mis sospechas de que algo raro estaba pasando; y súbitamente recordé la razón de nuestro éxodo. Éramos exiliados oriundos de las lunas de Júpiter y habíamos escapado de nuestros mundos de origen a raíz de la aparición de una vasta flota de naves venidas del Espacio Desconocido, y tripuladas por una raza de belicosos estiloides, que se dedicó intensamente a la tarea de destruir todo vestigio de civilización humana presente en aquellos satélites tan esforzadamente terraformados siglos atrás. 
Recordé que los reptiloides usaron armas fotónicas para vencer la tenaz resistencia de nuestros valientes milicianos, y bombas bacteriológicas para aniquilar a los colonos en sus propios hogares, pero estábamos preparados y nuestros convoyes ejecutaron un salto hiperespacial que nos situó sobre la órbita terrestre. Lamentablemente los cruceros terrícolas tenían órdenes de desintegrar cualquier nave procedente de los satélites contaminados, y eso fue lo que efectivamente hicieron. 
Recordé todo eso, y mucho más, y quise decírselo a Xandor para hacerle saber que estaba actuando con precipitación, pero su euforia era irrefrenable, y no pude contenerlo. Me derribó de un certero puñetazo en la cara y empezó a correr. Sin embargo pude incorporarme, y lo llamé, a viva voz, tratando de hacerle comprender 
que aquella base ya no pertenecía a nuestros congéneres. Además no había modo de que los sensores automáticos que controlaban el acceso al interior del domo le franqueara el paso, si desconocían sus datos biométricos. 
Todo lo que hice resultó inútil, y mi compañero continuó corriendo frenéticamente hacia lo que creía su meta, pero no pudo alcanzarla, pues los láseres que vigilaban el acceso al domo lo convirtieron en una sinuosa silueta de humo negro, que fue rápidamente dispersada por la brisa invernal, la tragedia ha durado poco, y las cosas vuelven a la normalidad rápidamente, 
Lentamente, y con tristeza, me alejo del parque donde mi compañero ha perecido desintegrado, víctima de su propia temeridad, pero su muerte ha servido de algo, pues ahora yo, el humanoide que los terrícolas llaman Graven, sabe quiénes son, y dónde están sus verdaderos enemigos. 

FIN 
Chiclayo, junio de 2013

domingo, 23 de febrero de 2020

GESTARESCALA.

En 1975, la editorial argentina INTERSEA decidió lanzar al mercado libresco una colección de novelas de ciencia ficción en rústica, con unas portadas vistosas y si se quiere hasta psicodélicas, a la que denomino Azimut que se nutrió principalmente con títulos de autores estadounidenses que habían empezado su carrera literaria entre los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado en las revistas de fantasía y ciencia ficción de su tierra natal; dentro de esa nómina tenemos a escritores como Howard Fast (Y EL GENERAL MATÓ A UN ÁNGEL) Theodore Sturgeon (LAS INVASIONES JUBILOSAS), Norman Spinrad (AGENTE DEL CAOS), Phillip José Farmer (con el díptico LA OTRA OPORTUNIDAD y EL FABULOSO BARCO FLUVIAL), y su compatriota y tocayo Phillip Kindred Dick, perpetrador del frondoso e imaginativo producto literario que intentaremos reseñar a continuación.


Para aquellos lectores que hayan tenido entre sus manos ejemplares de las novelas y colecciones de relatos que hemos aludimos, los cuales pueden conseguirse principalmente en librerías de segunda mano, tendrán claro que nos referimos a GESTARESCALA, el título que el traductor de INTERSEA, Andrés Esteban Machalski, escogió para que GALACTIC POT HEALER, como se denomina originalmente esta novela de Dick publicada en 1969, por la Berkley Books una editorial especializada en el género literario que nos ocupa, circulase entre los lectores hispanoblantes, lectores de ciencia ficción, y residentes en el sub continente sudamericano.

Curiosamente esta traducción argentina se constituyó en la única transposición de esta novela de Dick al castellano hasta que en setiembre del año pasado, la Editorial Catedra, en su colección Letras Populares y esta vez en España, se animase a poner en las librerías de toda la Península, una traducción consumada por el periodista Julián Díez, quien no solo se limitó a eso, sino que también se animó a dotar de un sustancioso prólogo y epílogo a la misma que ilustran a los lectores sobre la vida, obra y el peculiar estilo narrativo del escritor estadounidense, un estudio que ocupa unas cien de las trescientos veintiocho páginas que tiene la versión editada por Catedra, y en cual considera a esta novela dentro de lo que llama la fase metafísica del autor (1963-1971), la cual precede a la postrera etapa de Dick como autor, y en la cual se consagro a escribir sus revelaciones a través de sus novelas y también de sus memorias.

Estamos en la ciudad de Cleveland, y corre el año 2046, pero el país no es los Estados Unidos de la América del Norte, sino la República Comunal de los Ciudadanos de América del Norte, un estado de dominado por un régimen de partido único, como actualmente ocurre con Cuba y Corea del Norte, para más inri esta degeneración de los Estados Unidos que todos conocemos, viene de salir de un conflicto global (un tópico que se repite en muchas otras obras de Dick) y tiene un carácter represor y dictatorial, como las democracias populares que prosperaron en la Europa del Este después de la victoria soviética sobre la Alemania Nazi.


Joe Fernwright, un restaurador de objetos de cerámica, divorciado de una mujer sumamente dominante llamada Kate (otro tópico recurrente en las novelas dickianas) y veterano de guerra, es un ciudadano de esta república distópica, y sus días transcurren de manera gris pues pese a tener un trabajo, en la práctica es un desempleado que subsiste a base de la pensión que el gobierno le otorga como veterano de guerra, (un dinero inflacionario que se ve obligado a gastar de inmediato antes que pierda su valor) pues en un mundo dominado por la producción de objetos de plástico la reparación de vasijas de cerámica resulta cada vez más rara.

A raíz de esto, Fernwright dispone de tanto tiempo libre que se aboca a practicar un curioso juego que consiste en retraducir el título de conocidas obras literarias, a partir del absurdo trasvase literal que las computadoras de traducción realizan de las mismas; resulta que dichas máquinas oscurecen del tal modo el sentido de los títulos que dan pábulo a una reñida competencia, entre otros ciudadanos tan desencantados como nuestro protagonista, quienes se sirven de la red mundial de videófonos para llevarla a cabo.

Situado en medio de ese contexto poco se necesita para tocar fondo, y Fernwright se da cuenta que está viviendo una existencia absurda y vacía sin solución a la vista, en ese momento justo cuando se decide a sacrificar sus ahorros para acudir a la supercomputadora Don Empleo en busca de trabajo que realmente merezca ese nombre, ocurre la primera manifestación del Spelux a través de la súbita aparición de una botella de plástico que flota dentro del tanque de su inodoro: un hecho ciertamente trascendental que empieza a cambiarle la vida.

La botella contiene un mensaje del Spelux (llamado Glimmung en la novísima traducción de Julián Díez) una criatura cuasi divina y polimórfica que se traslada a través de la galaxia para reclutar un vasto equipo de profesionales, humanos y no humanos, que se encuentren tan hastiados de la vida que llevan como lo está el mismo Fernwright; el caso es que dicho ser, procedente de Sirio Cinco, (también conocida en la novela como el Planeta del Labrador) ofrece pagarle una astronómica suma de dinero a cambio de que se una al gran proyecto de hacer resurgir una catedral llamada Gestarescala, la cual se encuentra hundida en el océano de aquel mundo.

Como era de esperar Fernwright decide abandonar aquel estado de cosas, y se embarca en su primer viaje interplanetario, ya en la nave conoce al resto de la troupé reclutada por Spelux, la cual incluye una variopinta fauna intergaláctica, amén del psico quinético Harper Baldwin (un personaje que preanuncia la aparición de los inerciales que sirven a Glen Runciter en la novela UBIK) y de Mali Joyez, una preciosa chica humanoide con la que vive un tormentoso affaire que a raíz de la extrapolación hecha de una máquina SSA (sub specie aeternitatis) otra de las muchas y curiosos gadgets dickianos (aconsejo al lector que frecuente otras novelas del autor, como UBIK u OJO EN EL CIELO, entre otras para que se dé un atracón con las exquisiteces tecnológicas que salen de la mente del buen Phillip)

Cuando Fernwright llega al Planeta del Labrador se entera de la existencia que de una fuerza contraria que desea impedir que la catedral resurja de aquellas honduras oceánicas, y restaure el equilibrio perdido en aquel mundo tan distante de la Tierra; semejante antinomia se encuentra contenida en el Libro de las Calendas, en cuyas páginas aparecen unos textos de carácter predictivo aunque no plenamente determinantes que vaticinan el fracaso de la empresa organizada por el Spelux.

Con las cosas en ese punto, Fernwright y Mali Joyez deciden zambullirse en unas aguas repletas de entropía, el llamado Mare Nostrum, acción temeraria que contraría el pronóstico pesimista de la Calenda, como era de esperar este acto precipita los acontecimientos quedando el escenario queda servido para su corolario; por ende las grandes fuerzas antagonistas que protagonizan el relato (el Spelux y su recién estrenado antagonista el Spelux Negro) se preparan para la lucha final que decidirá el destino de la catedral sumergida dentro del Mare Nostrum

Novela de aprendizaje, alegoría filosófica sobre la lucha contra el destino arropada bajo el manto de una tragicómica historia de ciencia-ficción, GESTARESCALA es todo esto y quizá mucho más pues fluye ante el lector de un manera abigarrado y hasta tempestuosa como un barco azotado por una tormenta, no por algo el propio Dick declaró que la escritura de esta novela significó como dar un paso más hacia el umbral de la locura que siempre estuvo rondando su mente.

Bristol en la Batalla de Chulmleigh.

    1-Anhelo de muerte.   George Rogers quería matar soldados ingleses.   Era un deseo primitivo y bestial, era como si hubiera nacido odi...