sábado, 7 de marzo de 2020

NERVIOS

—¡Luces en el cielo!, ¡Veo cientos, millones de luces que se encienden y se apagan allá arriba! , dijo el soldado que estaba a mi lado después de echarle una mirada al firmamento; la noche se había llenado de fuegos de artificio, de mucho bullicio y color como cuando llegaba el momento de celebrar el año nuevo, pero esta vez el cielo no estaba inundado de luces y sonido por esa causa. 
Miré al soldado, que acababa de hablar, y lo compadecí, el pobre estaba tomando las cosas muy a la ligera, como si no se diera cuenta de lo que estaba pasando aquí. Volví mi rostro hacia él y lo regresé a la realidad de una bofetada, mientras le espetaba. 
—! Reacciona, imbécil, no eres un niño! ¡Revisa tu coraza, tus armas y equipo de supervivencia, recuerda que los-que-vienen –de- arriba solo quieren comer tu cerebro! En el acto, el soldado entendió el mensaje, e intentó comportarse como alguien entrenado para combatir, aunque resultaba obvio que era la primera vez que enfrentaba una situación de verdadero peligro. 
Escudriñé el cielo, y vi cómo se sucedían las explosiones, inmensas bolas de humo blanco se formaban en los lugares donde la antiaérea había hecho diana, sin embargo las capsulas continuaban llegando. Algunos de nuestros soldados vitoreaban cuando esto sucedía sin pensar en que los trozos de la cápsula destruida se precipitaban a tierra como una lluvia de cosas arrojadas por la mano de un gigante. Podía divisar, con claridad, como las cápsulas sobrevivientes dejaban una fina estela de humo blanco sobre el firmamento estrellado, mientras descendían: un espectáculo atractivo, pero siniestro, pensé para mis adentros. 
No amonesté a nadie, no quería que esos mozalbetes me vieran como un ogro que se enoja por cualquier cosa, pero les dirigí una mirada sombría y los maldije para mis adentros por su estupidez. ¿Acaso no se daban cuenta que la antiaérea no se daría abasto para acabar con todas las cápsulas que seguía escupiendo aquella estación orbital desde la exosfera? Su esperanza era vana, de todos modos tendrían que luchar contra los seres que surgirían de las cápsulas que la antiaérea no hubiera destruido; sin embargo, ni siquiera yo, estaba preparado para lo que realmente sucedió. 
Fue entonces cuando las explosiones cesaron, y el cielo dejó de brillar como nova a punto de explotar, resultaba evidente que nuestros cañones habían dejado de disparar, pero eso no tenía mucho sentido si tomábamos en cuenta que las cápsulas seguían descendiendo sobre el enorme claro que nos habían encomendado defender. Intuí que algo raro estaba pasando, y le ordené al soldado que operaba la radio que se pusiera en contacto con el oficial que mandaba la antiaérea para saber porque los cañones habían dejado de hacer fuego en toda la línea del frente que estábamos defendiendo. 
Fui obedecido, y el enlace quedó establecido, pregunté pero nada pude saber, nadie estaba al otro lado de la línea, solo escuché sonidos imprecisos que no podía considerar como palabras y muchos ruidos que me era imposible calificar con exactitud, o quizá fuera mejor decir que temía hacerlo. 
Le pasé los auriculares al soldado, y le pedí que identificara lo que había oído, mi subordinado se concentró, escuchó lo que tenía que escuchar, y se arrancó los auriculares de las orejas completamente desconcertado. En su cara se reflejaba el miedo, en sus ojos, en todas sus facciones distorsionadas, mi soldado se había acobardado tanto que tenía ganas de huir. 
Me di cuenta de inmediato, desenfundé mi pistola de rayos y apunté entre sus ojos. Estaba decidido a matarlo para darle un escarmiento a los posibles cobardes que estuvieran bajo mi mando, era mejor que los matara yo mismo antes de que los zombis incrementaran su ejército con los cuerpos de aquellos pusilánimes. 
—¡Cuéntame que has oído carajo!— le dije mientras la pistola cargaba toda la energía necesaria como para hacer estallar su cabeza. El soldado comprendió que mi amenaza no era vana, pude darme cuenta de eso por la expresión de su rostro, no había espacio para la duda, solo le quedaba asirse a la última esperanza de vivir un poco más. 
—Escuché rugidos, feroces rugidos de bestia, y muchos gritos como de gente sucumbiendo o en plena agonía, le juro que no le miento mi coronel. 
Comprendí que decía la verdad, porque a mí también me había parecido lo mismo, solo quería confirmarlo para tomar una decisión y no abortar las órdenes recibidas, sin embargo era conveniente decir algo para que los soldados mantuvieran el ánimo para combatir. 
—Soldados, somos la última línea de defensa entre los-que-vienen-de-arriba y nuestros congéneres! Es nuestro deber acabar con el mayor número de ellos, antes que conviertan a nuestra comarca en una provincia de su horrible imperio, así que cojan sus lanzarrayos y eliminen todo lo que salga de esas cápsulas apenas toquen el suelo. 
Nadie dijo nada, nadie quiso parecer valiente haciendo un discurso, simplemente se prepararon para luchar porque sabían que era mejor hacerlo que acabar convertido en una horrible cosa sin cerebro, ni voluntad. 
—Recuerden, les dije, deben apuntar cráneo de la víctima que elijan, así destruyen el nicho donde se aloja el parásito que controla a esos zombis. No gasten energía en mutilarlos, sus cuerpos pueden regenerar los miembros perdidos en cuestión de minutos. 
Las cápsulas se encontraban cada vez más cerca del suelo, los paracaídas se abrieron para frenar su caída, y mis hombres enfocaron sus visores contra ellos, cientos de puntos 
luminosos incidieron sobre aquellos hongos de tela, antes que el fuego concentrado de los lanzarrayos se cebara en ellos, incendiándolos. 
Los muchachos celebraban su puntería, y eso era bueno porque les daba confianza y ánimo para seguir en la brega, aunque el efecto fuera meramente psicológico pues de nada servía incendiar los paracaídas si las cápsulas conseguían aterrizar, aunque fuera forzadamente, sobre el claro de tierra que mis hombres guarecían. 
Y aquellos fuselajes ovoides fueron aterrizando, como enormes meteoritos venidos del cosmos, claro que no lo hacían de manera ordenada, pero el hecho es que lo estaban haciendo y que el blindaje de sus fuselajes era capaz de resistir el ímpetu de nuestras andanadas. Ordené que un cese al fuego momentáneo, para energizar nuestras armas, mientras tanto aquellos huevos metálicos abrían sus compuertas para dejar salir a sus huéspedes, o al menos eso era lo que esperábamos mis soldados y yo, aunque no fue lo que exactamente ocurrió pues lo que empezó a salir del interior de las cápsulas fue un humo blanco y espeso que fue rápidamente identificado como niebla, la cual continuo esparciéndose a gran velocidad hasta inundar por completo el paraje donde habían aterrizado las cápsulas. En cuestión de minutos, el área de desembarco había quedado convertida en un escenario surrealista, fantasmal, pensado para infundir temor entre quienes lo contemplaran, pero estaba a la vista que no existía nada sobrenatural en el origen de aquella niebla, y no perdí la ocasión de decirlo para evitar que mis soldados se amilanaran. 
—Muy astuto, dije en voz alta sin dirigirme a nadie en especial, utilizan un dispensador de niebla para crear un entorno con visibilidad cero para protegerse de nuestras armas. Pensé un poco, meditando sobre que contramedida aplicar en este caso, y encontré la respuesta casi de inmediato, solo tenía que transmitir la orden a mis subordinados para que estos la llevaran a cabo. 
—¡Revisen la carga de sus lanzarrayos!! Activar equipo de visión infrarroja!,! ! Preparados para disparar!- grité a voz en cuello. 
Al unísono, cientos de rayos delgados como filamentos se hundieron en la niebla en pos de adquirir un blanco, detrás de la espesa pantalla de bruma que protegía a los –que-vienen-de- arriba, los cuales seguramente ya habían salido de sus cápsulas. Si los zombis jugaban sucio, al menos no nos cogerían con los pantalones abajo, estábamos preparados para responder con todo lo que teníamos. 
La bruma continuaba acercándose, hacia nuestras posiciones como una masa compacta y gaseosa que tendía a fluir hacia todas partes contorsionándose caprichosamente mientras se hacía más más prolífica a medida que ganaba terreno. Los inofensivos rayos de adquisición de blancos seguían incrustados en el cuerpo de la bruma, como las banderillas lo están sobre el lomo de un toro, aunque en este caso, el toro, es decir la bruma, no acusaba el efecto de las banderillas para nada. 
Activé vocalmente mi pantalla de mando, y ésta se desplegó ante mí ojo derecho rápidamente; contenía las estadísticas referidas a la adquisición de blancos potenciales, quedé sorprendido al saber que ningún blanco había sido identificado todavía. Mis soldados estaban confundidos, y casi podía decir que ya confiaban para nada en el efecto que podían tener las armas que portaban contra los seres que se escondían dentro de la niebla. 
Conforme nos entreverábamos con la niebla, y ésta imperaba sobre el terreno que ocupábamos, percibíamos como una fuerte pestilencia emanaba de cada jirón de bruma que se metía dentro de nuestras fosas nasales. Ordené a todos los que aún me obedecían que activaran sus máscaras antigás y que procedieran a retirarse. 
La bruma empezó a cubrir a los soldados que habían quedado rezagados , y muchos de ellos dispararon creando pequeñas explosiones luminosas dentro de aquel vapor grisáceo, hacer eso era disparar a ciegas buscando hacer blanco al azar , pero no podía evitarse que lo hicieran, estaban nerviosos y no obedecían ordenes, solo hacían caso de su instinto de conservación, por eso comprendí que arrojaran sus lanzarrayos al suelo y dieran media vuelta para huir, a sabiendas que incurrían en un acto de deserción que podían pagar con su vida si se hubiera producido bajo circunstancias normales, sin embargo yo no pensaba en ajusticiar a nadie por eso, me era difícil convertirme en un juez implacable cuando estaban sintiendo en carne propia el efecto del terror que sentían ante aquel literal zarpazo de la muerte.
En aquel momento, la niebla se abrió y dejó escapar a los zombis camuflados dentro
de ella, avanzaban lentamente, como grandes tortugas, y hubieran sido presa fácil de los lanzarrayos, si estos hubieran estado en manos de robots, y no en las de hombres mermados por el miedo que huían sin saber donde refugiarse. Estaban cubiertos con escafandras fosforescentes, como queriendo disimular la triste condición de sus cuerpos, pero resultaba imposible ocultar sus ojos vidriosos, sus dentaduras imperfectas, sus cabellos diezmados, su fisonomía hermética, conservada gracias a la temperatura del traje; en conjunto la fealdad general de sus rostros desfigurados, era el poderoso foco del cual irradiaba el miedo que corroía el valor de sus antagonistas. Los zombis iban armados con grandes bazucas que a duras penas podían manejar, o al menos eso era lo que esos objetos parecían, desde mi posición. 
De repente, los desertores se detuvieron a mitad de su fuga y se volvieron hacia los zombis que torpemente les seguían, como olvidándose del temor que sentían y quisieran medir sus fuerzas, mano a mano, contra aquellas cosas que seguían avanzando, pero me di cuenta que en realidad no querían luchar, sino que estaban entregándose. Entonces se me ocurrió mentarles la madre a todos esos cobardes, a sabiendas que era lo único que podía hacer por ellos, ya que no merecían siquiera que el capellán, que estaba a mi lado, rogara por sus almas. 
Antes que el capellán pudiera preguntarme porque había soltado tantas groserías al hilo , los zombis hicieron uso de las bazucas que portaban, cierto que lo hicieron torpemente, pero tampoco necesitaban ser expertos en el arte de apuntar cuando el objetivo permanece quieto, como anhelando ser destruido, precisamente eso fue lo que pasó con mis soldados: literalmente sus cuerpos se volvieron incandescentes , del cuello para abajo, durante fracciones de segundo, luego se deshicieron, y lo único que quedó de ellos fueron las cabezas, las cuales cayeron al suelo bruscamente como podrían hacerlo los frutos maduros de un árbol. 
—¡Malditos! ¡Han usado un desintegrador de materia!, un arma proscrita— exclamé casi fuera de mí. 
—¡Es horrible!- dijo el capellán- tapándose los ojos para no ver lo que los zombis estaban haciendo con las cabezas de los desintegrados., pero si el religioso no quería ver nada, los soldados que todavía obedecían mis órdenes no tuvieron esos escrúpulos, y vieron como los zombis se comían los cerebros de esos pobres desgraciados. 
El que parecía comandarlos, levantó su mano, y a continuación los jirones de niebla volvieron a rodear a la tropa de aparecidos que dirigía, pero antes pude darme cuenta que algo empezaba a reverberar en el sitio donde había ocurrido la desintegración, y ese algo se convertía en una cosa fluctuante y transparente que ascendió rápidamente al cielo; la bruma era espesa y compacta de nuevo, casi impenetrable a la visión de los que estaban contemplando su avance lento e inexorable hacia la posición que todavía ocupábamos. 
—Debemos irnos de aquí, coronel, dijo casi a gritos el capellán, aprovechemos que la niebla se mueve con torpeza, y tardara en llegar hasta aquí, pero el religioso no hacía más que expresar el sentir general de todos los que todavía estaban vivos. 
Casi estuve de decir lo mismo, pero mi condicionamiento me impedía demostrar que temía de que mi cerebro terminase devorado por un zombi controlado por un parásito alienígena, además tenía en claro que nuestras armas no servían para nada contra ellos, así que lo único que podíamos hacer era guarecernos en alguna parte para planear una estrategia y contratacar, sin embargo una pregunta rondaba en mi mente ¿existiría un lugar que estuviera a salvo del avance de la niebla? 
Era lícito dudar de eso, cuando ésta brotaba de aquí y de allá, ocultando todo lo visible, como enormes murallas blancas y fosforescentes que fluían a nuestro alrededor sin cesar. 
—Estamos perdidos -gritaron al unísono los soldados cuando vieron como la niebla les había cortado todas las retiradas, convirtiendo el sitio que ocupábamos en una especie de isla rodeada por las aguas de un océano imposible de doblegar. 
Miré hacia el cielo nocturno, mi deseo era contemplar las estrellas por última vez, además era lo único que todavía podía verse desde donde estábamos, apiñados y sin armas, casi 
sentenciados, sin embargo mis ojos se toparon con algo más que el tenue brillo de las estrellas cuando alcé la mirada, no sé si tengo la capacidad para describir adecuadamente lo que vi, pero se me ocurre compararlo con varias decenas de medusas transparentes moviéndose armoniosamente sobre nosotros y que empezaron a descolgarse del cielo hacía los sitios invadidos por la niebla, como solían hacerlo los aviones de una patrulla acrobática en plena maniobra . ¿Sería una visión, o se trataría de algo que estaría sucediendo realmente? 
Le di un codazo al capellán, y con un gesto le indiqué que mirase el cielo, al principio no comprendió lo que deseaba, pero luego se dio cuenta que algo estaba pasando encima de nosotros. Echó un vistazo al cielo y se volvió hacia para decirme medio perplejo. 
—¿Qué cosas son ésas que se están moviendo allá arriba? —me preguntó el sacerdote. 
—No lo sé, padre, pero no creo que vengan a hacernos daño-manifesté esperanzado. 
A última hora, las “medusas” cayeron en picado sobre diversas partes de la niebla, y esta pareció estremecerse como lo haría un organismo viviente que tuviera contacto con la electricidad, al menos esa fue la impresión que me produjo a mi cuando vi lo que estaba pasando, a continuación la niebla se disipó bruscamente, y todos pudimos “ver” como las “medusas” se adherían sobre las escafandras que vestían los zombis, aunque mejor sería decir que vimos como esos enormes trajes blancos se cubrían de un conjunto de pequeñas luces que nuestros ojos tomaban por una estructura semejante al de las medusas, a consecuencia de esto los zombis se desconcertaron, y soltaron los desintegradores abandonando su actitud agresiva pues ahora tenían que salvarse ellos mismos. 
Mis soldados dejaron de tener miedo, su actitud se había trocado en asombro. Habían estado en la cuerda floja y ahora eran espectadores de algo que solo podía caber dentro de la imaginación más descabellada antes de la aparición de las “medusas”. 
Imaginé el pánico que sentirían los parásitos, atrapados en el cráneo de aquellos cadáveres animados, al comprobar que las funciones vitales de los zombis que tripulaban estaban siendo interferidas por acción de las “medusas”. De manera sorprendente, los zombis se fueron desactivando, y cayeron al suelo como sucede con los juguetes cuando se les acaba la energía. 
Todos estábamos contentos, y corrimos alborozados hacia donde yacían las escafandras que antes nos habían aterrorizado, y yo me sentía incapaz de detener el natural afán de desquite que impulsaba a mis soldados a acercarse, sin embargo no pudimos hacerlo. Las “medusas” nos los impidieron, y formaron un cerco con sus cuerpos transparentes, en torno a las víctimas que acababan de hacer, hubo quien pudo evadir el cordón, se acuclilló cerca de un zombi caído e intentó rasgar su traje con su cuchillo de campaña, pero terminó pagando cara su osadía pues su cuerpo acabó reuniéndose con el resto de los caídos. 
Lo ocurrido con aquel infeliz era suficiente aviso para los demás: teníamos que irnos, el terreno, y todo lo que ahí yacía, era propiedad de las “medusas”, y nosotros estorbábamos el rito de victoria que se disponían a hacer; mientras nos íbamos el capellán volvió su cara hacia mí, y me preguntó, señalando el claro que las “medusas” habían convertido en su nicho. 
—Esas extrañas criaturas no son tan inofensivas con los humanos como lo parecían al principio, ¿de dónde vendrán?, ¿serán alienígenas? 
—No creo que lo sean, padre, más bien estoy convencido que esas criaturas tienen un origen terrestre. Recuerde que nuestro planeta es capaz de albergar formas de vida que pueden parecernos fantásticas, pero en este caso las “medusas” no provienen de ningún ecosistema particular, vienen de aquí- dije tocándome la frente varias veces con la palma de mi mano. 
— No entiendo lo que quiere dar a entender—replicó el sacerdote. 
Estallé en carcajadas, y atraje la atención de todos, pues no parecía lógico echarse a reír teniendo en cuenta que teníamos un nuevo problema de seguridad con la presencia de las “medusas” en uno de los sectores que debíamos vigilar, pero no me importó; total solo era una suposición y sin mayores pruebas no lograría convencer a nadie de su veracidad, ni siquiera a un capellán formado para creer en un dios ubicuo e invisible, sin embargo estaba seguro que tenía razón, y que esas “medusas” no eran otra cosa que seres originados a partir de los “estertores mentales”, por así decirlo, de los desgraciados cuyos cerebros habían sido devorados por los zombis, y que se habían hecho justicia a sí mismos dando cuenta de sus asesinos. 
Me calmé, y esperé que se me pasaran las ganas de seguir riéndome, cuando llegara a la base tendría que elaborar un informe sobre lo que había pasado, y aprovecharía ese momento para poner por escrito esta hipótesis, quizá el alto mando considerase tomar en serio el asunto, a fin de cuentas solo me interesaba que se estrujasen el cerebro pensando cómo arrojar a las “medusas” de la zona que habían ocupado. Será divertido ver que nos ordenan hacer contra unos entes engendrados por las mentes de nuestros propios muertos. 

FIN

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