Según el contexto del documental “El hombre que vio el mañana” ( 1981) , basado en las profecías del vidente francés Michel de Nostradamus (1503-1566) presentado por un maduro y ya barbudo Orson Welles ( sí el mismo que asustó a los Estados Unidos de 1936 con una emisión radial de la novela “La Guerra de los Mundos” escrita por el británico Herbert George Wells en 1898 ) Napoleón Bonaparte y Adolf Hitler, dos de los dictadores más nefastos y conocidos entre los lectores de historia contemporánea serían los “anticristos” que precederían al surgimiento de un tercero y definitivo “anticristo” , de origen árabe, que no tendría miramientos en conducir a la humanidad hacia una catastrófica, y siempre temida, Tercera Guerra Mundial.
Pero más allá de los juicios de valor que estos personajes históricos puedan suscitar a causa de sus ulteriores acciones, se puede establecer entre ambos ciertos paralelismos de carácter fáctico que fortalecen el vínculo entre estos dos huracanes políticos que, con un siglo de diferencia, consiguieron trastornar el mapa de la Europa que conocieron.
Así pues tanto el Emperador francés como el Fuhrer alemán lograron establecer, en su momento, un fuerte pero efímero dominio sobre los demás estados del continente europeo.
Ambos tuvieron que enfrentar grandes coaliciones militares que consiguieron abatir los imperios que habían construido para beneficio propio y de sus países de adopción, puesto que ni Napoleón ni Hitler nacieron en los países que llegaron a regir.
Y ambos encontraron en Rusia un duro escollo para los ejércitos que respaldaban sus ambiciones imperialistas.
Asimismo ambos tuvieron aficiones que los acompañaron durante toda su vida: en el caso de Hitler, la pintura, y el de Napoleón, el ajedrez, aunque no llegaron a destacar en ellas tanto como lo harían en el ámbito político y militar.
Napoleón fue un gran enamorado de este complejo y bello juego que llegó a Europa de mano de las invasiones islámicas que tuvieron lugar en el siglo VIII de la Era Cristiana, y aunque nunca llegó a ser un jugador suficientemente competente a la hora de manejar los trebejos sobre el tablero escaqueado, jamás perdió la pasión que lo impulsaba a acudir al Café de la Regence, en París, un lugar donde se practicaban varios juegos de mesa entre ellos el ajedrez, cuando todavía era un joven teniente del ejército revolucionario francés.
Aunque se conoce el texto de varias partidas supuestamente disputadas por Bonaparte , el venerable Gran Maestro ruso Yuri Averbach, una autoridad competente en el campo de la historia del ajedrez las considera en su mayor parte apócrifas y fruto de la imaginación de Pierre de Saint Amant, un fuerte maestro francés de la primera mitad del siglo XIX, con el fin de enaltecer la memoria del para entonces fallecido Bonaparte.
Las únicas partidas que se han salvado de esta feroz criba fueron las tres la que el emperador disputó, en el palacio de Schönbrunn contra el famoso autómata ajedrecista “El Turco” ( una supuesta máquina ajedrecista, y un lejano precursor de los programas que actualmente juegan al ajedrez con la fuerza de un maestro) en Viena, capital del Imperio Austríaco, allá por 1809, poco después de haber batido al ejército de los Habsburgo en el campo de batalla de Wagram.
Por desgracia para el Emperador, su precaria técnica de juego no le permitió ganar ninguno de los encuentros contra la “máquina” ( se cree que Bonaparte fue vencido por un experto ajedrecista austríaco oculto dentro de la misma, el maestro Johan Allgaeir)
Se cuenta que su frustración fue tanta que llegó a tumbar las piezas de un manotazo después de perder tres veces seguidas ante el impasible “Turco”
De este modo, y quizá sin quererlo, Allgaeir vengó sobre el tablero, y de manera incruenta, la reciente derrota de las tropas austriacas en la llanura de Wagram.
Casi cien años después, Viena fue escenario del episodio de la vida de otro hombre que también llegó a manejar las riendas de Europa, aunque esta vez fue la pintura la que aportó el trasfondo de la situación.
En 1908 el joven súbdito austriaco Adolf Hitler todavía soñaba con hacerse una carrera en el mundo artístico de la urbe que por entonces era la capital de la monarquía dual austro húngara. Para lograr su sueño Hitler pretendió ingresar, por segunda vez, a la Academia de Bellas Artes de Viena, lamentablemente para el futuro dictador, después de dos días sus examinadores consideraron que su arte no era suficientemente solvente en el campo del dibujo, y le aconsejaron dedicarse a la arquitectura, cosa para la cual no reunía los requisitos suficientes pues había abandonado la escuela sin terminar sus estudios de bachillerato.
Pese al rechazo Hitler continuó dedicándose a la pintura como un precario medio de subsistencia (pintaba paisajes y postales) en la ciudad del Danubio Azul hasta que en 1913 decidió emigrar a Munich para evitar ser reclutado por el ejército austrohúngaro, ahí le sorprendió el estallido de la Gran Guerra, y también tomó la decisión de enrolarse en el ejército bávaro que unido al alemán partiría rumbo a Francia para invadirla.
Aun así, el cabo austríaco continuó dando trabajo a sus pinceles durante los ratos libres que le dejaba su participación en la lucha, mientras tanto su valentía ante el fuego le valió la obtención de una Cruz de Hierro de Primer Orden.
Terminado el conflicto, Hitler continuó pintando a la par que desarrollaba su conocida carrera política. Se sabe que abrigaba la esperanza de dedicarse a la pintura por entero cuando diese una solución satisfactoria a la “cuestión polaca” en función a los intereses de la Alemania Nazi.
Su pincel produjo tantos cuadros ( se estima que más de dos mil) que cuando acabó la Segunda Guerra Mundial una buena porción de ellos fue requisada por el Ejército de los Estados Unidos, y otra acabó en manos de coleccionistas privados que ya en la primera década del siglo XXI han empezado a poner en venta las obras del Fuhrer en las casas de subasta europeas.
Prueba de ello es la venta que en noviembre de 2014, realizó una casa de subastas alemana a un coleccionista privado oriundo del Medio Oriente el cual pagó por una acuarela pintada por Hitler la friolera de 130,000 euros, superando largamente los 32,000 euros que otro coleccionista pagó, dos años antes, por una marina, también obra de Hitler, a una casa de subastas eslovaca.
Hay quienes haciendo un poco de historia contrafáctica, especulan que si Hitler hubiese sido admitido por la Academia vienesa no habría ni a la guerra ni a la política y por ende Europa se hubiera ahorrado el calvario de padecer una nueva guerra , pero el caso es que si esto hubiera sucedido tal vez estas pinturas y acuarelas ( las cuales según los expertos evidencian un desapego hacia la figura humana, amén de una esencialísima “tristeza espiritual” del autor) no tendrían el valor que tienen entre los coleccionistas en función a la nefasta notoriedad que Hitler se ganó en la historia universal.

No hay comentarios:
Publicar un comentario